Cuesta creer que la llamada a ser santos sea para cada uno de nosotros. “Si eres sacerdote, por qué no eres santo; y si no eres santo, para qué eres sacerdote” (Paulo VI, Bogotá). Es una frase muy fuerte, muy exigente. Refleja lo de Mt. 5, 48 Sed santos como vuestro Padre celestial es santo y lo de Jn 15, Yo los he elegido para que vayan y den fruto abundante y fruto que permanezca.
Pero es posible. Lo de ser santos es con lo ordinario de la vida, en ello está lo extraordinario. Ser santos cada día, crecer en santidad, se nota en tres cosas (Cf. LG 40): Estar cada día más unidos y comprometidos con Cristo, ser mejores amigos suyos; Cada día, amar más y mejor a los hermanos con el amor de Dios: Asemejarnos, cada vez más, a Jesús, en nuestra vida y con nuestros servicios.
Si es lo que Dios quiere, lo que la Iglesia nos ayuda a lograr y lo que nos hace pastores buenos y felices, nos decidimos a ir por este camino de ser santos, dando los pasos que corresponden. Entre ellos, tendremos como base la comunión de vida y de amor entre Cristo y nosotros (Cf. Mc 3, 13); la participación en sus sentimientos y en su misión; la acción del Espíritu para transformar y ayudar nuestra vida y ministerio; y la gracia particular que Dios les da para este crecimiento espiritual (Cf. PO, 12).
Para ser pastores santos cada uno:  Dentro de ello, renueva y fortalece constantemente su vida de oración (Cf. PDV, 72; DMVP2, 94); aviva su caridad pastoral para consolidar sus opciones vitales y para renovar su vida y ministerio; Discierne espiritualmente la vida diaria, con base en lo cual, elabora y aplica su proyecto personal de vida; hace su discipulado misionero, sobre todo, en torno a la Palabra, profundiza y vive la espiritualidad presbiteral propia con la que da pasos en su configuración con Cristo Pastor, Cabeza y Esposo, obediente, pobre y casto; en la comunión y ayuda fraterna con los hermanos del presbiterio diocesano; y en la santificación por el ejercicio del ministerio; comparte espiritualmente con su presbiterio, con su Obispo y con algunos más cercanos, con quienes vive la vida común y la “ayuda fraterna espiritual”.

Julio