COMPARTIR.jpgJesús llamó a sus Doce discípulos a vivir en comunión con Él y en comunión entre ellos. Vivió esa comunidad con ellos. Enseñó que ese camino de comunión fraterna es necesario para entrar en el Reino de los Cielos. Pidió vivir esa comunión fraterna continuamente y concretarla en la vivencia de la comunidad y en el lavar los pies a los hermanos, dando la vida con Jesús, como Él y por Él (Cf. Jn 13, 1 – 18). Así, Jesús los hizo ser más hermanos y amigos, compartiendo vida y ayuda fraternas. 

Esos discípulos formaron y vivieron la Comunidad Apostólica; asumieron la vocación de estar con Jesús (Mc 3, 13) y con los otros. Así cumplieron el mandamiento nuevo del amor: amaos los unos a los otros. El escuchar y poner en práctica la Palabra los hizo de la familia de Jesús, con una pertenencia especial y con una relación de condiscípulos. Compartieron vida como hermanos, con Jesús en el centro. Vivieron en común-unidad. Su comunión fraterna los ayudó a cada uno en su fidelidad y crecimiento y les sirvió para ser hermanos y servidores de las demás personas. Ellos compartieron vida, ayuda fraterna y misión con Jesús y entre ellos. Se ayudaron a vivir como Él y a seguir sus pasos. Compartieron fraternalmente en la vida ordinaria: casa, mesa, actividades. Como enviados de Jesús, se mantuvieron unidos en su misión. Les sirvió a ellos y es el camino que nos sirve a nosotros.

¿Es posible hoy compartir vida y ayuda fraternas? ¡Quiénes lo han de hacer?

La Iglesia, en nombre de Jesús, nos llama a los obispos, presbíteros y diáconos a vivir la vida común, como los Apóstoles con Jesús (Cf P.O. 8), con generosidad evangélica (compartir casa, mesa, bienes, misión) o, al menos, otras diversas formas de convivencia y encuentro fraternos.

Animémonos a compartir vida y ayuda establemente con otros hermanos sacerdotes. Eso genera una pequeña comunidad sacerdotal de vida y ayuda, que se propone vivir la comunión fraterna y ayudarse integralmente en su vida y ministerio. Nos servirá mucho a todos.

Julio