En la diócesis y en la parroquia, son muchas las ramas pastorales que se atienden. Cuando la Iglesia se pone a valorarlas, siempre reconoce la prioridad a lo que se haga por la necesaria renovación de los presbíteros (Cf. OTE 1; PDV 2; DMVP2, 2). De ella depende, en mucho, la renovación de las comunidades eclesiales y la renovación de la misma evangelización. ¡Una maravilla, cuando se cumpla!

La realidad es que andamos corriendo en una cosa y en otra, de un lado para el otro. Tratamos de cumplir lo principal de lo que nos toca y, pocas veces tenemos tiempo y corazón para atender nuestras propias necesidades y para dar pasos que nos hagan pastores santos. ¿Verdad? Por su lado, en la diócesis y en la parroquia, todavía, hace falta darle la prioridad afectiva y efectiva a este servicio a sus pastores.

Sentimos que hemos de trabajar por nuestro propio crecimiento integral y por el de nuestros hermanos del presbiterio. Reconocemos que somos los primeros destinatarios de la evangelización, a través de la pastoral presbiteral. Y somos, también, los principales agentes de ella. Nuestra vida y misión dependerá de lo que hagamos por nosotros mismos y por los otros hermanos, unidos a Cristo Pastor. Por eso, habremos de dedicar personalmente más corazón y tiempo a trabajar por nuestro propio crecimiento integral. Y más corazón y tiempo a acompañar y ayudar a los otros hermanos a que sean buenos pastores, santos pastores. ¿Muy difícil? El motor es Dios que aviva nuestra caridad pastoral y nos ayuda a ser, cada día, pastores según su corazón. De nuestra parte está el dedicar más corazón y tiempo a ello, con Cristo Pastor. ¡Hagámoslo!

Julio