Como presbítero, soy hermano y pastor en la comunidad eclesial que me han encomendado (Cf. PO, 3). Ese ser hermano y pastor, fundamenta la vida, la comunión y el ministerio del presbítero en la propia comunidad. Por eso, hemos de promover la comunión y ayuda recíproca entre el presbítero y los fieles laicos en la comunidad local.
 Así se entiende por qué la Iglesia pide a los fieles cristianos “… Sentirse obligados para con sus presbíteros, y por ello profesarles un amor filial, como a sus padres y pastores; y, al mismo tiempo, siendo partícipes de sus desvelos, ayuden a sus presbíteros cuanto puedan con su oración y su trabajo, para que éstos logren superar convenientemente sus dificultades y cumplir con más provecho sus funciones” (PO, 9). La participación de vida entre el presbítero y la comunidad, si se ordena y lleva a cabo con sabiduría, hace una aportación fundamental a la formación permanente (Cf. PDV, 79). Todos los miembros del Pueblo de Dios pueden y deben ofrecer una valiosa ayuda a la formación permanente de sus sacerdotes. A este respecto, deben dejar a los sacerdotes espacios de tiempo para el estudio y la oración; pedirles aquello para lo que han sido enviados por Cristo y no otras cosas; ofrecerles colaboración en los diversos ámbitos de la misión pastoral, especialmente en lo que atañe a la promoción humana y al servicio de la caridad; establecer relaciones cordiales y fraternas con ellos (PDV, 78). 
Hemos de apreciar y estimular los Laicos, los Grupos apostólicos y las Congregaciones religiosas, que hacen continua oración por los sacerdotes y les ofrecen apoyo a su vida y ministerio. Merecen, también, una estima y apoyo especial las Familias, que se dedican a sostener a los sacerdotes con su oración, servicios y aporte material, como la familia de Betania, que atendía bien a Jesús y apoyaban su ministerio. 

Julio