Ud nos visita y comparte con nosotros y hasta nos hace pasar bien. Pero, Ud como sacerdote, ¿qué hace por nosotros? Esa fue la importante interpelación que le hicieron a un hermano nuestro. 
Ante nuestra propia familia, la familia de origen, sentimos gratitud y siempre queremos corresponderle, porque nos ayudó desde niños en el camino vocacional y en la maduración de nuestra respuesta y sigue acompañándonos. ¿Cuánto tiempo dedicarle a la familia? ¿Cómo relacionarnos con ella? Hasta dónde llega nuestro deber de colaborarle?
La Iglesia le indica a la familia de origen: en el más absoluto respeto de su hijo… la familia debe seguir siendo siempre testigo fiel y alentadora de su misión, sosteniéndola y compartiéndola con entrega y respeto (Cf. PDV, 79). De nuestra parte, el deber no es solo de ser buen hijo y hermano. Es, también, ser buen sacerdote para ellos. Con esta actitud, les haremos mucho bien y aprovecharemos el afecto familiar, el apoyo espiritual y la eventual colaboración a nuestro ministerio pastoral. Ese equilibrio nos libra de perjudicar nuestra vida y ministerio por estar en dependencia de lo que pida o decida nuestra familia, hasta volvernos capellanes de ella, o portadores de responsabilidades y de cargas económicas que a ella le corresponden.
Para ayudar a nuestros padres podemos realizar iniciativas muy bellas y útiles como el formar, en cada ciudad, grupos de padres y madres de los sacerdotes y animar sus encuentros mensuales;  promover convivencias familiares (ojalá, cada año) en las que como sacerdotes compartamos como hijos y ofrezcamos buenos elementos de evangelización a nuestra propia familia; ayudar a que los familiares reciban servicios que ofrecen algunos movimientos apostólicos y familiares; y animarlos a que colaboren en su parroquia.
Así, el servicio de nuestra propia familia es muy importante en la pastoral presbiteral, apoya nuestra vida y ministerio. Nosotros, por nuestra parte, la apoyaremos siendo buenos hijos, hermanos y sacerdotes, con ella hasta la muerte.