encuentro2Hemos estado reflexionando sobre los diversos elementos que nos ayudan a construir o a reconstruir la comunión. El elemento fundamental es el de llenarnos del amor de Dios para poder amar con él a los hermanos. Hemos visto, además, que el amor al prójimo comienza por reconocer la presencia amorosa de Dios en la otra persona, hasta llegar a reconocernos hermanos con él, de la misma familia, Todo ello hace posible el que yo pueda recibir a mi hermano como regalo de Dios y que yo también me abra a servir como regalo de Dios a mi hermano. Esa comunión se refuerza cuando nos dedicamos a servir juntos a otras personas. Todos estos son elementos que sirven a todos los cristianos para vivir y crecer en verdadera comunión fraterna.
Los lazos que nos unen con todos son los de la vida y del amor de Dios entre nosotros. Ellos nos hermanan de manera real para vivir progresivamente la comunión y la ayuda fraternas.
Pero, además de esos lazos que nos unen a todos, Dios ha puesto otros fuertes lazos por el matrimonio entre los esposos, por el orden sagrado entre los obispos, presbíteros y diáconos, y por una consagración y carisma determinado entre los religiosos (as). Es una particular vocación “a ser uno” (Cf Jn 17, 20), la cual se convierte en espacio vital y en motor fundamental para la vida y la misión.
Los presbíteros, obispos y diáconos, reconocemos que somos doblemente hermanos, con base en la fraternidad sacramental que Dios ha generado entre nosotros por el sacramento del Bautismo y del Orden (Cf PO 8). Hay otros tres nuevos lazos que nos hermanan mucho más: la caridad pastoral, el ministerio pastoral y la fraternidad sacramental. La caridad pastoral que es esa virtud, capacidad, fuerza, especial para ser, vivir y obrar como pastor. El ministerio del Buen Pastor en el cual participamos todos, según la gracia, vocación y misión personales, La fraternidad obrada por Jesús en este sacramento del orden para hermanarnos de manera especial y para que seamos signo de la unidad de Dios.
Son vínculos fuertes que estrechan nuestra comunión fraterna y que nos piden apreciar, amar y servir doblemente al hermano ministro ordenado. Doblemente nos donamos a él como regalos de Dios y doblemente nos ayudamos en la vida y ministerio, conforme a la corresponsabilidad pastoral que nos une.
Pongámonos de acuerdo en los pasos que daremos para vivir mejor esos lazos especiales que hay entre todos los ministros ordenados del mundo y que favorecerán doblemente el crecimiento de nuestra fraternidad y de nuestra misión.

Julio