cruz2Todos tenemos nuestra propia cruz: enfermedad, dolor, sufrimiento, problemas.  Muchas veces nos preguntamos el “por qué” a nosotros nos toca llevar esa cruz. Pocas veces, encontramos respuesta completa.

 Es verdad que Dios no da, pero permite ciertos males. Incluso, a veces, Él nos prueba con el sufrimiento. Lo mejor es que Él mismo ayuda a que se pueda sacar bien con ocasión del mal. “En todas las cosas interviene Dios para bien de los que lo aman” (Rom 8, 28). Y, sobre todo, Él mismo ha asumido el dolor y la muerte en favor nuestro. Por eso llama al discípulo: “El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí” (Mt 10, 37). Lo hacemos con Jesús, como ‘El y por ‘El.

Un sacerdote, que en su grave enfermedad se apartó de Dios e intentó suicidarse dos veces, nos decía que Dios le había dado la cruz, pero que la cruz le había dado a Dios. Y explicaba cómo Dios en su bondad le había ayudado a convertir su enfermedad en un camino para acercarse a Él, en una escuela para aprender a amar y en un espacio para servir a los hermanos. Unió su cruz a la cruz de Jesús y ofreció su dolor como oración para la purificación personal y para la conversión de muchos pecadores. Ahora, seguía sufriendo las consecuencias de su enfermedad, pero vivía feliz y haciendo todo el bien que podía.

 Así, una respuesta liberadora a nuestros males nos viene, más bien, cuando buscamos el “para qué” de esa cruz. Para qué de ese accidente, para qué de esa muerte, para qué de esa enfermedad, para qué de esa dificultad, para qué de ese traslado. En Dios encontramos la luz y la fortaleza para encontrar ese “para qué” y para saber llevar nuestras cruces, uniéndolas a la de Jesús y ofreciéndolas a Él.

Gracias por el bien que nos haces con la ofrenda de tu cruz. Que te acerques esta semana a un hermano sacerdote que está sufriendo y compartas con él este mensaje.

Julio