rostroconjovenSi le hubieran preguntado por el trabajo, habría sido más fácil. Lo mismo, nosotros habríamos respondido que tenemos muchas ocupaciones, muchas solicitudes de la gente y otras preocupaciones.

Pero lo que le preguntaron fue: cuánto y cómo amaba a Jesús, cómo estaba su corazón ante su Amigo y cuál era su disponibilidad para amarlo dando la vida por Él. En esto, nuestra respuesta posiblemente sería, como la de Pedro, que sí amamos a Jesús. Nos sentimos bien y seguros.

Una escucha más profunda de Jesús nos hace reconocer que hacemos lo que nos gusta, nos movemos a nuestro acomodo y solo con una ayuda fuerte saldremos de ello para dejar de seguirnos a nosotros mismos. El amor verdadero es el que se necesita para apacentar sus ovejas. Sin él no logramos ser pastores auténticos, sino asalariados.

La solución no fue fácil, porque se necesitó ir a las raíces, afianzar la fe, aprender a amar. Eso se lo pidió Jesús, dos veces, a Pedro: Sígueme. Tuvo que recomenzar su discipulado, para aprender a amar, con lo cual logró ponerse en condiciones de pastorear bien.

¿Pedro ganó el examen? No amaba a Jesús como Él lo amaba. Pero le obedeció y, con su ayuda, fue asumiendo el discipulado, respondiéndole con mayor fidelidad, hasta dar la vida por Él. Es duro reconocerlo y asumirlo, también nosotros hemos de hacer, más en serio y a fondo, nuestro discipulado con pasos que nos lleven a vivir con Jesús y como Jesús, para amarlo más que los demás y para dar nuestra vida por Él, que ha dado la vida por nosotros. Ese será la base para ser mejores pastores. Compartamos con otro hermano esta reflexión y conversemos sobre los pasos que podemos dar para mejorar nuestro discipulado.

Julio