Para Nuestro Ministerio

Lucas 13,22-30: Lo que se exige para entrar en el Reino. “Señor, ¿son pocos los que se salvan?”

PARA NUESTRA HOMILÍA DOMINICAL

Lucas 13,22-30: Lo que se exige para entrar en el Reino. “Señor, ¿son pocos los que se salvan?”
Pistas para la Lectio Divina...  Autor: Padre Fidel Oñoro CJM
Fuente: Centro Bíblico Pastoral para la América Latina (CEBIPAL) del CELAM 
 
Jesús sigue el viaje de subida hacia Jerusalén sin por ello detener la misión: “Atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén” (13,22). Parte de su misión no es solamente predicar sino también escuchar y responder preguntas de la gente, como efectivamente sucede en el pasaje de hoy. 
 
Aparece la pregunta de una persona, anónima, que en con su pregunta deja ver que conoce tanto el texto del 4º libro de Esdras 8,1-3 (escrito en la segunda mitad del S.I dC) que dice: “Solamente pocas personas serán salvadas”, como también el pensamiento de los escribas: “Israel entero tendrá parte en el mundo futuro”, solamente algunos pecadores particularmente culpables serán excluidos (pensamiento recogido tardíamente en la Mishná, Sanhedrín 10,1). La contradicción de las dos corrientes de pensamientos parece estar detrás de la pregunta planteada ahora: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” (13,23).
 
A la pregunta Jesús responde con una exhortación. A un planteamiento de tipo cuantitativo (el “pocos” implica cantidad) Jesús responde con otro de tipo cualitativo (“quienes” lo logran): “Luchad por entrar por la puerta estrecha...” (13,24).
 
De la respuesta de Jesús aprendemos que:
  • Es urgente hacer todo lo que podamos para ser admitidos en el Reino, antes que sea demasiado tarde.
  • La conversión verdadera es la condición indispensable para que seamos admitidos, nada podrá remplazar esta condición.
En el evangelio de Lucas la “puerta estrecha” no es la entrada a un camino (como en Mt 7,13-14) sino un acceso directo al lugar de salvación. Allí se entra con “agonía” (como dice literalmente en griego Lc 13,24), es decir, con un esfuerzo moral.
 
Luego, con una parábola, Jesús indica lo que va a suceder cuando termine el tiempo final, en el cual ya no habrá “puerta estrecha” sino “puerta cerrada” (13,25-29).
 
Fuera del lugar de la salvación se quedan todos aquellos que conocieron la misión de Jesús pero no aceptaron sus enseñanzas. Éstos le hacen una protesta al dueño de la casa para que les abra, pero la respuesta repetida dos veces es “No sé de dónde sois” (o “no sé de qué parte están”).  No importa que hayan sido misioneros o que hayan realizado curaciones, éstos se quedarán fuera porque al no tomar en serio la Palabra de Jesús, tampoco pusieron en práctica la voluntad de Dios que era la de conformar su vida con la de Jesús.  Más bien, por el contrario, se convirtieron en “agentes de injusticia” (=obreros de iniquidad).
 
Los que caminaron como discípulos y evangelizadores, pero no clasificaron para meta, se ven todavía más humillados cuando son testigos de lo que sucede dentro (13,28-29): en la comunión definitiva con Dios (“mesa del Reino”) se encuentran todos sus predecesores israelitas y también los paganos (los que vienen de los cuatro puntos cardinales), mientras que ellos, los que tuvieron el mejor chance con Jesús, se quedan fuera.
 
La moraleja de la parábola resuena también como un último llamado: “Hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos” (13,30). 
 
Cultivemos la semilla de la Palabra en lo profundo del corazón 
Sugerimos retomar la Lectio más amplia que presentamos el pasado 22 de Agosto. 
 
  1. ¿Se sigue repitiendo con otros términos la pregunta inicial del evangelio de hoy? ¿Qué movimientos promueven la idea de que sólo hay unos pocos elegidos para la salvación? 
  2. ¿Qué implican las imágenes simbólicas de la “puerta estrecha” y la “puerta abierta”? 
  3. ¿Qué se le exige de manera especial a las personas que se han comprometido con Jesús? ¿Se corona la meta por el simple hecho de haber trabajado por Jesús? ¿Qué más se requiere? 
“Del infierno acosado aunque se viere,
burlará sus furores quien a Dios tiene”
 
(Santa Teresa de Jesús)