Para Nuestro Ministerio

CRUCES QUE NOS SALVAN Y QUE SALVAN A OTROS

La cruz del sufrimiento, de la enfermedad y de los problemas, está presente de diversas maneras en nuestra vida y ministerio. Cada uno tenemos nuestras cruces. De ellas, a veces salimos victoriosos. Otras veces, quedamos heridos y amargados, arrastrando la cruz.
Pero Dios y la experiencia de muchos indican que, también, en esas situaciones de sufrimiento podemos aprender a encontrar el paso de Dios, a recibir sus dones y a dar la respuesta que Él nos pide. Él mismo nos acompaña y ayuda para que sepamos vivir con sentido cristiano esas situaciones de sufrimiento y logremos sacar provecho para nosotros mismos y para nuestros hermanos. En los sufrimientos podemos aprender a vivir y a dar pasos de crecimiento personal y comunitario.
 
Por ejemplo, en cada situación de enfermedad se puede pasar por varias etapas:
  1. Al principio, se tiene el rechazo a reconocer la enfermedad que se padece. Ella se siente como una tragedia y un fracaso.
  2. Superada la etapa anterior, se pasa a reconocer la enfermedad y a tolerarla. Se analiza qué se padece, cómo se ha generado y cómo afrontarlo. Se busca la ayuda de la medicina para superar la situación. Frecuentemente se inculpa a otros y a Dios. Nos sentimos humillados y nos cerramos a compartir con otros. Hasta aquí llegan la mayoría de los enfermos.
  3. Una nueva etapa es la de asumir la realidad de la enfermedad valorándola en sus reales dimensiones para la propia vida. No se minimiza la situación ni se exagera. Reconozco que no soy un enfermo, sino una persona normal con una enfermedad que estoy afrontando. Se busca el por qué del sufrimiento, muchas veces sin encontrar un pleno sentido o la justificación que él pueda tener para la propia vida. Se convive con la enfermedad y se va adelante.
  4. Ayudados por la fe cristiana, se pasa a una nueva etapa en la que, además de preguntarse el qué, el cómo y el por qué de la enfermedad, se busca y se encuentra el  para qué de ella. Este enfermo hace todo lo que puede para aprovechar los recursos de la medicina y comprende que Dios Padre, a veces, permite pruebas que nos purifican en nuestra fe, esperanza y caridad. Así, busca sacar el bien de esa situación, porque a  los que aman a Dios todo les sirve para el bien (Ver Rom 8). No le echa la culpa a Cristo sino que contempla su entrega en la cruz y su llamada a colaborar en la salvación del mundo. Recibe su luz, consuelo y fortaleza. Siente gusto en compartir su experiencia con otros hermanos. En esta etapa, la enfermedad se comprende con un nuevo sentido  y se asume con una actitud nueva, con la cual la enfermedad se convierta en:
  5. Un camino para dar pasos de acercamiento y unión con Dios. Encuentro al Dios Amor que me busca, me reconcilio con Él  y mejoro mi amistad y compromiso con Él. Dios da sentido a todas las cruces cuando vivimos en su amor.
  6. Una escuela en la que puedo aprender a amar más y mejor. Salgo de mí mismo y aprendo a centrarme en Dios y en mis hermanos para hacerles el bien sin esperar recompensa.
  7. Un espacio de servicio para ayudar a la salvación de muchos hermanos. Para ello, uno mi cruz a la cruz de Jesús y la ofrezco como oración por los más necesitados del mundo. No pierdo nada de lo que sufro y todo lo pongo en las manos de Dios como ofrenda para reparar mis pecados y los del mundo entero. Además, la ofrezco para unirme y apoyar a los misioneros del mundo entero. Yo mismo me pongo en las manos de Dios, le ofrezco todo lo que soy y lo que vivo para colaborarle en lo que me pida hacer por los hermanos.
Muchas veces, en una enfermedad bien vivida, en un conflicto bien afrontado, en una crisis bien superada, en un perdón dado por amor de Dios, recibimos un nuevo y grande don del Señor. A través de esas cruces llegamos, con gozo agradecido, a re-encontrar a Dios y a los hermanos. 
 
Tomamos la cruz para seguir a Jesús (Cf Mt), la cruz nos salva.  
 
Julio Botía