Nuestra Espiritualidad

Compartimos experiencias, reflexiones y recursos para vivir nuestra espiritualidad propia de Obispos, Presbíteros y Diáconos diocesanos

 

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Los dones del Espíritu Santo acogidos con la fe de

María Santísima madre del Pueblo Cristiano

 

Oración Inicial.
 
Oración al Espíritu Santo
De San Juan XXIII.
Espíritu Santo Paráclito, perfecciona en nosotros la obra iniciada por Jesús;
Haz fuerte y continua la plegaria que elevamos en nombre del mundo entero.  Acelera para cada uno de nosotros los tiempos de una profunda vida interior.
Da impulso a nuestro apostolado, que quiere llegar a todos los hombres
y a todos los pueblos, todos redimidos por la sangre de Cristo y todos herencia suya.
Mortifica en nosotros la natural presunción y levántanos a las regiones de la santa humildad, del verdadero temor de Dios, del ánimo generoso.
Que ninguna atadura terrena nos impida hacer honor a nuestra vocación.
Que ningún interés, por negligencia nuestra, mortifique las exigencias de la justicia.
Que ningún cálculo reduzca los espacios inmensos de la caridad
a la estrechez de los pequeños egoísmos.  Que todo sea grande en nosotros: la búsqueda y el culto de la verdad, la prontitud por el sacrificio hasta la cruz y la muerte.
Que todo, finalmente, corresponda a la última plegaria del Hijo al Padre celestial, y a esa efusión que de Ti, Santo Espíritu de Amor, quisieron el Padre y el Hijo sobre la Iglesia y sus instituciones, sobre cada una de las almas y sobre los pueblos. Amén.

A modo de gozos:
 
R.  Ven y enciende en nosotros el fuego de tu amor.
 
Ven, Espíritu Divino
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

I Día.
 
El Espíritu Santo, Plenitud del misterio Pascual.
 
De la alocución al Regina Coeli del San Juan Pablo II[1].
 
La resurrección ha realizado en plenitud el designio salvífico del Redentor, la efusión ilimitada del amor divino sobre los hombres. Corresponde ahora al Espíritu implicar a cada persona en ese designio de amor. Por esto existe una estrecha conexión entre la misión de Cristo y el don del Espíritu Santo, prometido a los Apóstoles, poco antes de la pasión, como fruto del sacrificio de la cruz: "Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad... Él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn14, 16. 17. 26). Significativamente ya en la cruz Cristo moribundo "entregó el Espíritu" como primicia de la redención (cf.Jn19, 30).
 
En cierto sentido, por tanto, la Pascua puede bien llamarse el primer Pentecostés ―"recibid el Espíritu Santo"―, en espera de su efusión pública y solemne, después de cincuenta días, sobre la comunidad primitiva reunida en el Cenáculo.  "El Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos" (Rm8, 11) debe habitar en nosotros y llevarnos a una vida cada vez más conforme a la de Cristo resucitado. Todo el misterio de la salvación es un acontecimiento de amor trinitario, del amor que media, entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo. La Pascua nos introduce en este amor mediante la comunicación del Espíritu Santo, "que es Señor y dador de vida" (Símbolo. Niceno-Constantinopolitano
 
Súplica:
 
Pidamos que Iglesia del Señor que peregrina en Sabaneta avive en este Pentecostés que se acerca la certeza de su fidelidad al amor de Dios, la alegría de confesar la Resurrección de Cristo y la presencia siempre activa y gozosa del Espíritu del Señor.
 
Ven, Espíritu Divino y llénanos con la verdad.
 
Intención:
 
Pidamos la fuerza constante y la acción vivificante del Espíritu Santo para quienes trabajan con empeño y alegría en el anuncio inicial de la fe. Que unidos con María en el Cenáculo, renovemos nuestra decisión de ser anunciadores de la verdad y de la esperanza.
 
 
 
Con María Santísima,
 
Pidamos para toda la Iglesia la luz del Espíritu Divino que llenó con su amor la Madre Santa del pueblo cristiano. Ella lo recibió y lo hizo luz de sus pasos, ella acompañó a los que esperaban este don de Dios y ella fue testigo del primer momento en que los apóstoles anunciaron a Jesús. Que ella nos haga testigos del amor de Dios para todos.
 
II Día.
 
De la alocución al Regina Coeli del San Juan Pablo II[2].
 
Don de Sabiduría.
 
El primero y mayor de tales dones es la sabiduría, la cual es luz que se recibe de lo alto: es una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo, que es propio de Dios. En efecto, leemos en la Sagrada Escritura: "Supliqué, y se me concedió la prudencia; invoqué, y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y tronos, y, en su comparación, tuve en nada la riqueza" (Sb 7, 7-8).
 
La sabiduría nos da una capacidad especial para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios, a la luz de Dios. Iluminado por este don, el cristiano sabe ver interiormente las realidades del mundo: nadie mejor que él es capaz de apreciar los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios.  Gracias a este don toda la vida del cristiano con sus acontecimientos, sus aspiraciones, sus proyectos, sus realizaciones, llega a ser alcanzada por el soplo del Espíritu, que la impregna con la luz "que viene de lo Alto", como lo han testificado tantas almas escogidas también en nuestros tiempos. En todas estas almas se repiten las "grandes cosas" realizadas en María por el Espíritu. Ella, a quien la piedad tradicional venera como "Trono de la Sabiduría", nos lleve a cada uno de nosotros a gustar interiormente las cosas celestes.
 
Súplica:
 
Roguemos para que el Espíritu infunda en todos la verdadera sabiduría, la que se expresa en la humildad, en la alegría, en la generosidad para acoger las enseñanzas de Dios.
 
Intención:
 
Pidamos por nuestros Maestros, los de la primera infancia, los que forman la juventud, los que trabajan en nuestras Universidades. Que se llenen de la Sabiduría para que el conocimiento sea también luz para la vida y fuente de humanismo fundado en la fe.
 
Con María Santísima:
 
Pidamos para toda la Iglesia que el auxilio poderoso de la Reina del Cielo, que sepamos gustar como María la presencia y el amor de Dios y que, llenos de confianza en la que acompaña al pueblo creyente, la aclamemos como trono de sabiduría y la tengamos como modelo de fe y de esperanza.

III Día.
 
De la alocución del San Juan Pablo II en el Regina Coeli[3].
 
Don de Inteligencia
 
El don de la Inteligencia. La palabra "inteligencia" significa "leer dentro", penetrar, comprender a fondo. Mediante este don el Espíritu Santo, que "escruta las profundidades de Dios" (1 Co 2, 10), comunica al creyente una chispa de esa capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios. Se renueva entonces la experiencia de los discípulos de Emaús, los cuales, tras haber reconocido al Resucitado en la fracción del pan, se decían uno a otro; "¿No ardía nuestro corazón mientras hablaba con nosotros en el camino, explicándonos las Escrituras?" (Lc 24, 32).
 
Esta inteligencia sobrenatural se da no sólo a cada uno, sino también a la comunidad: a los Pastores que, como sucesores de los Apóstoles, son herederos de la promesa específica que Cristo les hizo (cf. Jn 14, 26; 16, 13) y a los fieles que, gracias a la "unción" del Espíritu (cf. 1 Jn2, 20 y 27) poseen un especial "sentido de la fe" que les guía en las opciones concretas.  Efectivamente, la luz del Espíritu, al mismo tiempo que agudiza la inteligencia de las cosas divinas, hace también más límpida y penetrante la mirada sobre las cosas humanas. Gracias a ella se ven mejor los numerosos signos de Dios que están inscritos en la creación. Se descubre así la dimensión no puramente terrena de los acontecimientos, de los que está tejida la historia humana. Y se puede lograr hasta descifrar proféticamente el tiempo presente y el futuro: ¡signos de los tiempos, signos de Dios!
 
Súplica:
 
Danos, Dios de la vida, la Inteligencia necesaria y suficiente para encontrar los caminos que nos lleven como Iglesia particular a leer tu presencia en los signos de nuestra historia.
 
Intención.
 
Pidamos con fe el don de la Inteligencia para cuantos tienen la tarea de leer la realidad en la que ha de actuar la Iglesia. Que puedan vislumbrar los caminos que nos lleven a hacer creíble el Evangelio de la vida y de la paz.
 
Con María Santísima:
 
Pidamos el Espíritu Santo unidos a María Santísima, la Virgen de la Escucha, que a la luz del Espíritu. Que junto a nuestra reina, la contemplación de las maravillas de Dios será también en nosotros fuente de alegría inagotable: "Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador" (Lc 1, 46 s.).

IV Día.
 
De la alocución del San Juan Pablo II en el Regina Coeli[4].
 
Don de ciencia
 
Meditamos hoy el don de ciencia, gracias al cual se nos da a conocer  el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador.
 
Sabemos que el hombre contemporáneo, precisamente en virtud del desarrollo de las ciencias, está expuesto particularmente a la tentación de dar una interpretación naturalista del mundo; ante la multiforme riqueza de las cosas, de su complejidad, variedad y belleza, corre el riesgo de absolutizarlas y casi de divinizarlas hasta hacer de ellas el fin supremo de su misma vida. Esto ocurre sobre todo cuando se trata de las riquezas, del placer, del poder que precisamente se pueden derivar de las cosas materiales. Estos son los ídolos principales, ante los que el mundo se postra demasiado a menudo. Para resistir esa tentación sutil y para remediar las consecuencias nefastas a las que puede llevar he aquí que el Espíritu Santo socorre al hombre con el don de ciencia.
 
El hombre, iluminado por el don de ciencia, descubre al mismo tiempo la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir, cuando, al pecar, hace de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le lleva a advertir con pena su miseria y le empuja a volverse con mayor ímpetu y confianza a Aquel que es el único que puede apagar plenamente la necesidad de infinito que le acosa.
 
Súplica.
 
Que venga sobre nosotros el don de la Ciencia y que inspirados por este regalo de Dios sepamos contemplar la creación entera como el espacio en el que el Hombre realiza su vida según el designio de Dios.
 
Intención:
 
Pidamos la luz del Espíritu Santo para cuantos defienden la vida, la dignidad de la familia y la santidad de la existencia humana de modo que puedan proponer con libertad la voluntad de Dios sobre toda existencia humana.
 
Con María Santísima:
 
Pidamos que la Madre Santa que Jesús puso en nuestro camino, nos ayude a mirar con corazón prudente todas las cosas, a pedir la ciencia de Dios para actuar siempre con fidelidad a lo que Dios nos propone.

V Día.
 
De la alocución del San Juan Pablo II en el Regina Coeli[5].
 
Don de consejo.
 
Hoy tomamos en consideración el don de consejo.  Se da al cristiano para iluminar la conciencia en las opciones morales que la vida diaria le impone.
 
Una necesidad que se siente mucho en nuestro tiempo, turbado por no pocos motivos de crisis y por una incertidumbre difundida acerca de los verdaderos valores, es la que se denomina "reconstrucción de las conciencias". Es decir, se advierte la necesidad de neutralizar algunos factores destructivos que fácilmente se insinúan en el espíritu humano, cuando está agitado por las pasiones, y la de introducir en ellas elementos sanos y positivos.  En este empeño de recuperación moral la Iglesia debe estar y está en primera línea: de aquí la invocación que brota del corazón de sus miembros ―de todos nosotros― para obtener ante todo la ayuda de una luz de lo Alto. El Espíritu de Dios sale al encuentro de esta súplica mediante el don de consejo, con el cual enriquece y perfecciona la virtud de la prudencia y guía al alma desde dentro, iluminándola sobre lo que debe hacer, especialmente cuando se trata de opciones importantes (por ejemplo, de dar respuesta a la vocación), o de un camino que recorrer entre dificultades y obstáculos. Y en realidad la experiencia confirma que "los pensamientos de los mortales son tímidos e inseguras nuestras ideas", como dice el Libro de la Sabiduría (9, 14).  El don de consejo actúa como un soplo nuevo en la conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que  corresponde, lo que conviene más al alma. La conciencia se convierte entonces en el "ojo sano" del que habla el Evangelio (Mt 6, 22), y adquiere una especie de nueva pupila, gracias a la cual le es posible ver mejor qué hay que hacer en una determinada circunstancia, aunque sea la más intrincada y difícil. El cristiano, ayudado por este don, penetra en el verdadero sentido de los valores evangélicos, en especial de los que manifiesta el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7).
 
Por tanto, pidamos el don de consejo. Pidámoslo para nosotros y, de modo particular, para los Pastores de la Iglesia, llamados tan a menudo, en virtud de su deber, a tomar decisiones arduas y penosas.
 
Súplica:
 
Danos, Señor, la alegría de escuchar la voz de nuestra conciencia iluminada por tu gracia, para actuar conforme a tu voluntad.
 
Intención:
 
Pidamos el don de consejo para quienes nos presiden y acompañan en la fe, de modo que podamos ser guiados según la voluntad de Dios.
 
Con María Santísima:
 
Pidamos el don de consejo por la intercesión de María Santísima a quien llamamos madre del Buen Consejo, y confiados en su intercesión poderosa, seamos también guías fieles que orientemos a nuestros hermanos y vivamos el evangelio con amor.
 
VI día.
 
De la alocución del San Juan Pablo II en el Regina Coeli[6].
 
Don de Fortaleza
 
La fortaleza: En nuestro tiempo muchos exaltan la fuerza física, llegando incluso a aprobar las manifestaciones extremas de la violencia. En realidad, el hombre cada día experimenta la propia debilidad, especialmente en el campo espiritual y moral, cediendo a los impulsos de las pasiones internas y a las presiones que sobre él ejerce el ambiente circundante.
 
Precisamente para resistir a estas múltiples instigaciones es necesaria la virtud de la fortaleza, que es una de las cuatro virtudes cardinales sobre las que se apoya todo el edificio de la vida moral: la fortaleza es la virtud de quien no se aviene a componendas en el cumplimiento del propio deber. Quizás nunca como hoy la virtud moral de la fortaleza tiene necesidad de ser sostenida por el homónimo don del Espíritu Santo. El don de la fortaleza es un impulso sobrenatural, que da vigor al alma no sólo en momentos dramáticos como el del martirio, sino también en las habituales condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los propios principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el camino de la verdad y de la honradez.
 
Súplica:
 
Danos, Dios de la vida, la verdadera fortaleza que nos permita ofrecer apoyo y esperanza a cuantos se sienten débiles, tristes, marginados, para que puedan sentir tu gracia a través de la misericordia de tu Iglesia.
 
Intención:
 
Que el Espíritu Santo llene con el don de fortaleza a cuantos reciben en nuestras instituciones de caridad y de misericordia la alegría del amor de Dios.
 
Con María Santísima:
 
Pidamos al Señor por la poderosa intercesión de María Santísima, que aprendamos de Ella la fortaleza que necesitamos para asumir las luchas de la vida con amor, para vencer el temor y para ayudar a los débiles a vivir fortalecidos por el mismo amor que sostuvo a María.

VII día.
 
San Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo[7]
 
Don de Piedad.
 
Mediante este don, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con Dios y para con los hermanos.
 
La ternura, como actitud sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La experiencia de la propia pobreza existencial, del vació que las cosas terrenas dejan en el alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia, ayuda y perdón. El don de la piedad orienta y alimenta dicha exigencia, enriqueciéndola con sentimientos de profunda confianza para con Dios, experimentado como Padre providente y bueno. En este sentido escribía San Pablo: «Envió Dios a su Hijo..., para que recibiéramos la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Abbá, Padre! De modo que ya no eres esclavo, sino hijo...» (Gal 4, 4-7; cfr Rom 8, 15). Con el don de la piedad el Espíritu infunde en el creyente una nueva capacidad de amor hacia los hermanos, haciendo su Corazón de alguna manera participe de la misma mansedumbre del Corazón de Cristo. El cristiano «piadoso» siempre sabe ver en los demás a hijos del mismo Padre, llamados a formar parte de la familia de Dios, que es la Iglesia. Por esto el se siente impulsado a tratarlos con la solicitud y la amabilidad propias de una genuina relación fraterna.
 
El don de la piedad, además, extingue en el corazón aquellos focos de tensión y de división como son la amargura, la cólera, la impaciencia, y lo alimenta con sentimientos de comprensión, de tolerancia, de perdón. Dicho don está, por tanto, en la raíz de aquella nueva comunidad humana, que se fundamenta en la civilización del amor.
 
Súplica:
 
Dios de la vida, concédenos el don de la Piedad para que podamos acudir en ayuda de nuestros hermanos con un amor semejante al que te ofrecemos en nuestras alabanzas.
 
Intención:
 
Pidamos el don de la piedad para todos los que en esta Iglesia queremos seguir alabando a Dios con un culto reverente y queremos encontrarlo en nuestros hermanos.
 
Con María Santísima.
 
Pidamos al Señor, por la intercesión de María Santísima, modelo perfectísimo de la más verdadera piedad, que aprendamos a compartir con amor, a compadecernos, como ella lo hace, del dolor de los demás, a auxiliar, como ella lo hace a cuantos sufren.

VIII día.
 
San Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo[8]
 
El temor de Dios.
 
La Sagrada Escritura afirma que "Principio del saber, es el temor de Yahveh" (Sal 110/111, 10; Pr 1, 7). ¿Pero de que temor se trata? No ciertamente de ese «miedo de Dios» que impulsa a evitar pensar o acordarse de El, como de algo que turba e inquieta. Ese fue el estado de ánimo que, según la Biblia, impulsó a nuestros progenitores, después del pecado, a «ocultarse de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín» (Gen 3, 8); este fue también el sentimiento del siervo infiel y malvado de la parábola evangélica, que escondió bajo tierra el talento recibido (cfr Mt 25, 18. 26).
 
Pero este concepto del temor-miedo no es el verdadero concepto del temor-don del Espíritu. Aquí se trata de algo mucho más noble y sublime: es el sentimiento sincero y trémulo que el hombre experimenta frente a la tremenda malestas de Dios, especialmente cuando reflexiona sobre las propias infidelidades y sobre el peligro de ser «encontrado falto de peso» (Dn 5, 27) en el juicio eterno, del que nadie puede escapar. El creyente se presenta y se pone ante Dios con el «espíritu contrito» y con el «corazón humillado» (cfr Sal 50/51, 19), sabiendo bien que debe atender a la propia salvación «con temor y temblor» (Flp, 12). Sin embargo, esto no significa miedo irracional, sino sentido de responsabilidad y de fidelidad a su ley. De este santo y justo temor, conjugado en el alma con el amor de Dios, depende toda la práctica de las virtudes cristianas, y especialmente de la humildad, de la templanza, de la castidad, de la mortificación de los sentidos. Recordemos la exhortación del Apóstol Pablo a sus cristianos: "Queridos míos, purifiquémonos de toda mancha de la carne y del espíritu, consumando la santificación en el temor de Dios» (2 Cor 7, 1). Es una advertencia para todos nosotros que, a veces, con tanta facilidad transgredimos la ley de Dios, ignorando o desafiando sus castigos. Invoquemos al Espíritu Santo a fin de que infunda largamente el don del santo temor de Dios en los hombres de nuestro tiempo.
 
Súplica:
 
Danos Señor la alegría de servirte con corazón libre y gozoso y ayúdanos a buscar siempre tu gloria.
 
Intención:
 
Pidamos para que nuestra Iglesia sea siempre gozosamente fiel a Dios y que camine siempre por sendas de amor y de esperanza que lleven a todos a amar lo que Dios ama y a vivir como Dios nos enseña.
 
Con María Santísima.
 
Pidamos el don de temor de Dios por intercesión de María Santísima. Ella supo pronunciar el sí de la fe, de la obediencia y del amor animada por el amor profundo con el que se hizo servidor abnegada, silenciosa y fiel del Dios que la amo con sinigual ternura.

IX Día
 
San Juan Pablo II, Catequesis sobre el Credo[9]
 
María y el Espíritu Santo.
 
En los Hechos María aparece como una de las personas que participan, en calidad de miembro de la primera comunidad de la Iglesia naciente, en la preparación para Pentecostés. Sobre la base del Evangelio de Lucas y otros textos del Nuevo Testamento, se formó una tradición cristiana acerca de la presencia de María en la Iglesia, que el Concilio Vaticano II ha resumido afirmando que Ella es un miembro excelentísimo y enteramente singular (cf. Lumen gentium, 53) por ser Madre de Cristo, Hombre-Dios, y por consiguiente Madre de Dios.
 
Ahora bien, en el Cenáculo de Jerusalén, cuando mediante los acontecimientos pascuales el misterio de Cristo sobre la tierra llegó a su plenitud, María se encuentra en la comunidad de los discípulos para preparar una nueva venida del Espíritu Santo, y un nuevo nacimiento: el nacimiento de la Iglesia. Es verdad que Ella misma es ya “templo del Espíritu Santo” (Lumen gentium, 53) por su plenitud de gracia y su maternidad divina, pero Ella participa en las súplicas por la venida del Paráclito a fin de que con su poder suscite en la comunidad apostólica el impulso hacia la misión que Jesucristo, al venir al mundo, recibió del Padre (cf. Jn 5, 36), y, al volver al Padre, transmitió a la Iglesia (cf. Jn 17, 18). María, desde el inicio, está unida a la Iglesia, como uno de los “discípulos” de su Hijo, pero al mismo tiempo destaca en todos los tiempos como “tipo y ejemplar acabadísimo de la misma (Iglesia) en la fe y en la caridad” (Lumen gentium, 53).
 
Súplica:
 
Concede Señor a tu Iglesia la perseverancia en la Oración, para que junto con María, Madre y modelo de obediencia y fidelidad, permanezca atenta a la voz y a la enseñanza del Espíritu.
 
Intención:
 
Pidamos por la Iglesia que peregrina en Sabaneta, para que sea maestra de oración y de vida y en comunión de fe, Pastores y Rebaño, puedan ofrecer al mundo un testimonio de gozosa esperanza al anunciar el Reino de la vida y de la paz.
 
Con María Santísima.
 
Que el Señor nos conceda por la intercesión de María Santísima, la alegría de ser como nuestra reina, templos del Espíritu santo, y que ella, la madre fiel, custodie la fe de los hijos, anime el corazón de sus devotos, consuele a los que sufren para que sepamos acoger con la fe que la distinguió a ella, la misión de ser discípulos fieles y comunidad unida en la fe y en la esperanza

Oración final.
 
De la oración del San Juan Pablo II al Espíritu Santo
 
Espíritu de verdad, que conoces las profundidades de Dios, memoria y profecía de la Iglesia, dirige la humanidad para que reconozca en Jesús de Nazaret el Señor de la gloria, el Salvador del mundo, la culminación de la historia.
 
Espíritu creador, misterioso artífice del Reino,  guía la Iglesia con la fuerza de tus santos dones para llevar a las generaciones venideras la luz de la Palabra que salva.
 
Espíritu de santidad, aliento divino que mueve el universo, ven y renueva la faz de la tierra. Suscita en los cristianos el deseo de la plena unidad, para ser verdaderamente en el mundo signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad del género humano.
 
Espíritu de comunión, alma y sostén de la Iglesia, haz que la riqueza de los carismas y ministerios contribuya a la unidad del Cuerpo de Cristo, y que los laicos, los consagrados y los ministros ordenados colaboren juntos en la edificación del único reino de Dios.
 
Espíritu de consuelo, fuente inagotable de gozo y de paz, suscita solidaridad para con los necesitados, da a los enfermos el aliento necesario, infunde confianza y esperanza en los que sufren, acrecienta en todos el compromiso por un mundo mejor.
 
Espíritu de sabiduría, que iluminas la mente y el corazón, orienta el camino de la ciencia y de la técnica al servicio de la vida, de la justicia y de la paz.
Haz fecundo el diálogo con los miembros de otras religiones, y que las diversas culturas se abran a los valores del Evangelio.
 Espíritu de vida, por el cual el Verbo se hizo carne en el seno de la Virgen, mujer del silencio y de la escucha, haznos dóciles a las muestras de tu amor y siempre dispuestos a acoger los signos de los tiempos que tú pones en el curso de la historia.  A ti, Espíritu de amor, junto con el Padre omnipotente y el Hijo unigénito, alabanza, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

LOS SIETE DONES DEL ESPÍRITU SANTO
 
1. Sabiduría
2. Entendimiento
3. Consejo
4. Fortaleza
5. Ciencia
6. Piedad
7. Temor de Dios
 
LOS DOCE FRUTOS DEL ESPÍRITU SANTO
 
1. Amor
2. Alegría
3. Paz
4. Paciencia
5. Longanimidad
6. Bondad
7. Benignidad
8. Mansedumbre
9. Fe
10. Modestia
11. Continencia
12. Castidad
 

[1] Regina Coeli  2 de abril de 1989.
[2] Regina Coeli  9 de abril de 1989.
[3] San Juan Pablo II Regina Coeli del 16 de abril de 1989.
[4] San Juan Pablo II Regina Coeli del 23  de abril de 1989.
[5] San Juan Pablo II Regina Coeli del 7 de mayo de 1989.
[6] San Juan Pablo II Regina Coeli del 14 de mayo de 1989.
[7] San Juan Pablo II Catequesis del 28-V-1989
[8] San Juan Pablo II Catequesis del 28 de mayo de 1989
[9] San Juan Pablo II Catequesis del 28 de junio de 1989
 

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