Nuestra Espiritualidad

LA ESPIRITUALIDAD DEL "DISCÍPULO MISIONERO" DE CRISTO

El elemento Cristológico constituye, evidentemente, el eje transversal fundamental de todo el Documento, presentando a Jesucristo como la fuente de la vida, el único que puede ofrecer la vida plena, verdadera y eterna a nuestros pueblos, liberándolos de sus males y colmando sus anhelos de vida más profundos. Por eso, a Jesucristo debemos anunciar y ofrecer, nosotros sus discípulos misioneros.
Las líneas Cristológicas presentes en todo el Documento, enfatizan una Cristología de la vida y la así llamada Cristología de los rostros.
Cristo es el Viviente, que con su muerte y resurrección ha destruido el mal y la muerte y nos hace partícipes de su Vida, que es participación de la misma Vida divina, de la Vida Trinitaria. El acento Cristológico propio de Aparecida radica en contemplar a Jesús como el Viviente, Señor de la vida, fuente de la vida y dador de vida .
A este Jesús, Señor de la vida, lo contemplamos y lo servimos, de manera particular en los hermanos más pobres, en los sufridos, en los excluidos, en los enfermos, en los humillados, en los abandonados y en las víctimas de la violencia y de la injusticia. En el rostro sufriente de nuestros hermanos vemos el rostro sufriente de Cristo, el cual «es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre» (DA 392) .
Esta Cristología constituye el fundamento de la opción preferencial por los pobres, que está implícita en la fe Cristológica, y que Aparecida renueva con vigor: asumimos «con nueva fuerza esta opción ...» (DA 399), «reafirmamos nuestra opción...» y mantenemos «con renovado esfuerzo nuestra opción...» (MFA 4) .

Otro punto muy importante, porque no es fácil que los hermanos se convenzan de todo esto: ¿Por qué hemos de seguir a Jesús?

R/ «Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona: haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer [...] es nuestro gozo» (DA 29). La adhesión a Jesucristo conlleva ser su discípulo, es decir, seguir sus huellas y formar parte de su comunidad (cfr. MFA 2a). Esto nos permite mantenernos unidos a Jesús, renovando nuestro encuentro con Él, escuchando y aprendiendo de su Palabra, contemplando el acontecer del Reino de Dios, silencioso, misterioso pero eficaz, en medio de nuestras vidas, de las otras personas y en nuestro entorno, histórico y cultural.
La pertenencia a Cristo Jesús nos permite vivir la experiencia espiritual de comunión con el Padre, por medio de Cristo en el Espíritu Santo. En efecto, Dios reina entre nosotros, haciéndonos partícipes de la vida nueva de Cristo Resucitado, mediante la acción del Espíritu Santo que nos vincula a Cristo, nos va transformando en Él, conduce y acrecienta nuestra experiencia de fe.
Aparecida, convirtiéndose en un "acontecimiento-testigo", con profunda convicción, alegría y esperanza, anuncia esta verdad y da testimonio de la misma. Y con fuerza vigorosa invita a los bautizados, a redescubrir la riqueza de la fe, renovando el encuentro con Jesucristo, abriéndose a la gracia y a la oportunidad de compartir esta fe en la comunidad cristiana, como garantía para llenar la vida de luz y de sentido. Además, motiva a todos los creyentes a compartir este tesoro de fe con los demás, pues el verdadero discípulo es misionero (cfr. DA 29, 548).

Nos será muy útil conocer mejor la meta: En concreto, ¿qué significa la llamada de la Iglesia a hacernos discípulos y misioneros? ¿Cómo es la espiritualidad del discípulo misionero?

R/ La espiritualidad del discípulo misionero que presenta Aparecida es categóricamente Cristocéntrica. Nace del encuentro con la persona de Jesucristo y consiste en participar de la vida nueva en Cristo, vida en el Espíritu, liberada de toda forma de esclavitud y renovada por la gracia.
La espiritualidad del discípulo misionero debe tener como su principal fuente de inspiración la espiritualidad de Jesucristo. El modelo para vivir su espiritualidad, lo encuentra en el estilo de vida de Jesús. Su comunión con el Padre en el Espíritu, su forma de oración, el amor y la entrega a su misión mesiánica y salvífica; su amor por las creaturas, su comunión fraterna y su opción solidaria por los pobres, marginados, excluidos, enfermos y pecadores. Su estilo de vida pobre, sencilla, humilde y libre. Su amor incondicional hasta el extremo. Todo ello se concretiza en una espiritualidad de comunión y solidaridad, según el estilo vida de Jesús.
Rasgo esencial y fundamental de la vida del discípulo, también, es la espiritualidad misionera, intrínseca a su identidad cristiana y que consiste sobre todo en el testimonio de una vida coherente con la fe.

En vistas a recorrer el camino ¿cómo se hace el discipulado misionero?

R/ Nace del encuentro con la persona de Jesucristo y consiste en participar de la vida nueva en Cristo, vida en el Espíritu, liberada de toda forma de esclavitud y renovada por la gracia.
Se trata de un don del Padre, quien tiene siempre la iniciativa, y por su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo, nos llama esa vida nueva. Nosotros respondemos en libertad a la iniciativa divina, en la medida en que nos abrimos a la gracia.
El bautismo, la confirmación y la Eucaristía, son los sacramentos por los que somos iniciados en la vida de Cristo, por los que se hace eficaz en nosotros el Misterio Pascual de Cristo y su fruto, que es la salvación.
Por la iniciación cristiana, se comienza ese camino de espiritualidad: la vida en el Espíritu, que crece, madura, se profundiza y consolida a lo largo de toda la vida.
Su crecimiento y consolidación, que los hace posible también la gracia de Dios, se da en el constante y renovado encuentro con Jesucristo, a través de los diversos modos y lugares donde se hace eficazmente presente, con su fuerza transformadora. Sobre todo, viviendo una espiritualidad de la Palabra y de la Eucaristía. Al contar también con el ejemplo y la ayuda espiritual que ofrece la Virgen María, con su intercesión. Son necesarios y oportunos también, adecuados procesos catecumenales, de catequesis mistagógica, así como otras maneras de formación integral y pedagogía espiritual.
Esta vida espiritual abarca todas las dimensiones de la persona, la totalidad de su ser, su corporeidad, interioridad, sus capacidades, así como su contexto histórico y cultural. Por eso la vida nueva en Cristo, conlleva siempre la promoción humana y la auténtica liberación. «La vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas» (DI 3).
La espiritualidad del discipulado supone responder al llamado del Señor, seguir paso a paso los caminos del Evangelio, identificarse con el Maestro, haciendo que nuestra vida se mueva al impulso del amor y en el servicio a los demás. «Este amor implica una continua opción y discernimiento para seguir el camino de las Bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-26)» (MFA 2c). En otras palabras, es vivir al estilo de Jesús.

Después de todo, es muy útil comprender la utilidad de estos pasos que personalmente y en comunidad hemos de dar: ¿Qué importancia tiene para la Iglesia y para el mundo el que efectivamente nos volvamos discípulos misioneros?

R/ La misión no es un añadido en la vida del discípulo ni una opción. Espiritualidad y misión constituyen una misma realidad, la cual implica que al ser discípulo misionero, estas sean como dos caras de una misma medalla.
Una espiritualidad misionera expresa una mística profunda, que manifiesta el deseo de compartir este "tesoro":
el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de "sentido", de verdad y de amor, de alegría y esperanza. No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia [...]. Somos testigos y misioneros: en las grandes ciudades y campos, en las montañas y selvas de nuestra América, en todos los ambientes de la convivencia social, en los más diversos "areópagos" de la vida pública de las naciones, en las situaciones extremas de la existencia, asumiendo ad gentes nuestra solicitud por la misión universal de la Iglesia.
(DA 548).

La espiritualidad misionera asume el anuncio gozoso del Evangelio y el testimonio de una vida coherente con la fe. Exige una decisión clara por Jesús y su Evangelio. La encarnación de los valores del Reino y la inserción en la comunidad (cfr. MFA 2d). Se trata de ofrecer la vida nueva que Cristo nos da, para abrir caminos de vida y esperanza para nuestros pueblos sufrientes por el pecado y todo tipo de injusticias (cfr. MFA 2c).

¿Qué recomiendas tú a los sacerdotes para formar discípulos misioneros y comunidades de discípulos misioneros en sus parroquias?

R/ Existen grandes desafíos, de orden espiritual y también pastoral, para vivir esta espiritualidad. En primer lugar, favorecer los medios adecuados en los diversos ambientes, para un verdadero y profundo encuentro con Jesucristo, que lleve a una auténtica conversión de la persona, punto de partida para la transformación de la sociedad (cfr. MFA 2b).
«La conversión personal y comunitaria a Jesucristo constituye la condición absoluta de posibilidad de toda conversión pastoral de la Iglesia» . No habrá una verdadera "conversión pastoral" si los diversos agentes de la pastoral no viven una auténtica espiritualidad de discípulos misioneros y no están radical e integralmente inmersos en el Misterio de Cristo. «El agente pastoral ha de ser ante todo un seguidor de Cristo, un testigo fiel; pues más que activistas, lo que la Iglesia necesita para el cumplimiento de su misión son hombres y mujeres llenos del Espíritu de Dios, dando testimonio de "lo que han visto y oído", a través de una auténtica vida evangélica» .
Además, se necesita garantizar procesos serios y adecuados de profundización de la experiencia espiritual, que la consoliden y la hagan crecer y madurar. Debemos implementar una adecuada pedagogía espiritual, que acompañe al discípulo en su camino de seguimiento, le ayude a renovar constantemente el encuentro con Jesús, le inicie y sostenga en la escucha de la Palabra, en la experiencia de oración, en la capacidad de discernimiento, con la libertad y las actitudes de Jesús y siguiendo los criterios del Evangelio.
Una espiritualidad auténtica y consolidada debe ser fermento que provoque la impregnación cristiana de la cultura, que influya directamente en las personas y en la sociedad. La espiritualidad evangélica debería de brotar y crecer desde el corazón mismo de esa cultura ; pues toda la realidad está llamada a entrar en comunión con Dios y a participar de su vida.
Otro desafío es la valoración de las semillas de vida que el Espíritu siembra en nuestros pueblos y los diversos modos de expresar y transmitir la fe y de encontrarse con Jesús. Como los que ofrece la piedad popular; y teniendo en cuenta las legítimas aspiraciones de nuestros pueblos . La espiritualidad del cristiano debe seguir la dinámica de la encarnación. Por eso debemos hacer crecer y madurar la vida que late en nuestros pueblos, procurando llevar a su plenitud el encuentro con Jesucristo que desde diversas maneras y culturas se vive.
En ese sentido debemos evitar una espiritualidad desencarnada, que procura la relación personal con Jesucristo al margen o en contra de la vida terrena y social con todas sus necesidades, deseos y aspiraciones . La transformación de la sociedad dependerá en gran medida de nuestra fidelidad al Evangelio y a los valores del Reino. La cultura y la sociedad deben encontrar en Cristo y en la fuerza de su Palabra una luz, una guía y la esperanza de una vida nueva que se hace efectivamente realidad en Cristo, el cual nos libera de cuanto nos deshumaniza. Jesús plenifica lo verdaderamente humano, pues lo hace participar de la misma vida divina.
La forma como asumimos la opción por los pobres es otro gran desafío. Suficiente se ha escrito y hablado de dicha opción, pero no siempre se ha concretizado en acciones que manifiesten un compromiso real con los sectores más vulnerables de la sociedad. El mismo estilo de vida nuestro no siempre es coherente con una manera de vivir pobre y sencilla, conforme al estilo de Jesús.
Nuestra "solidaridad" se reduce algunas veces a la mínima limosna, se limita a lo asistencial (que también es importante), pero no siempre vivimos "en medio" de los pobres y sufridos, como amigos y hermanos, promoviendo sus vidas y colaborando con su liberación. Más aún, no siempre les ofrecemos la oportunidad de crecer en su vida espiritual, viviendo con ellos la experiencia de fe y acompañándolos con los procesos adecuados. Hasta en las acciones "pastorales" y "espirituales" nos atenemos a lo mínimo, a un simple asistencialismo.
Finalmente, debemos tener siempre presente que la vida de Cristo «no es una fuente impersonal de energía o un mero modelo de compromiso social» . Es vida que todo lo abarca, lo renueva y transforma, a través del Espíritu que opera en nosotros. Una vida nueva para ser vivida aquí y ahora, no solo después de la muerte, aunque también da a la muerte un nuevo sentido, colmando la existencia de esperanza.
Ofrecer a Jesucristo y el encuentro con Él, así como el gozo de vivir en relación personal con Él conscientes que camina con nosotros, vive en medio de nosotros, sufre, ama, goza, consuela, lucha y actúa con, para y por nosotros. Es cuanto da a la existencia sentido y esperanza.
Lo hace posible solamente la gracia de Dios. El Reino de la Vida es don de Dios, no obra nuestra. El Señor nos invita a acogerlo, vivir en él y ofrecerlo a todos.

¿Qué pasos les quieres recomendar a los jóvenes y a tantas otras personas que quieren hacerse discípulos misioneros?

R/ De la experiencia de encuentro con la persona de Jesucristo, nace el discipulado y su misión. A su vez, en este encuentro con Jesús el discípulo renueva y consolida su vocación, clarifica y profundiza su identidad, así como la misión que se le encomienda, y toma fuerzas para vivirla con fidelidad.
Este encuentro debemos entenderlo como una verdadera experiencia personal con Jesús, encuentro vital, existencial y transformador, «el más decisivo e importante de la vida, que llena de luz, de fuerza y de esperanza» (DA 21).
Personal, no quiere decir intimista, ni individualista o "privado", carente de toda expresión comunitaria, eclesial o social . Todo lo contrario. Una experiencia auténtica de encuentro con Jesucristo necesita de la mediación eclesial, comenzando por el bautismo, sin el cual no se da una inserción real con la persona de Jesucristo, en la totalidad de su Misterio y una iniciación plena en el mismo. De igual manera respecto a los demás sacramentos. El llamado que Jesús hizo a sus discípulos, según los Evangelios, se dio siempre como inserción a una comunidad querida por el mismo Jesús, fundada en los Doce (cfr. Mt 10,1-4 y par.).
Sin embargo, el encuentro con la persona de Jesús, ya sea vivido en el seno de la Iglesia, como experiencia compartida, celebrativa, litúrgica, de apostolado o de cualquier tipo; o bien como experiencia "personal"−como tantas formas de oración, que aún siendo "personales", son siempre de alguna manera comunitarias, en su sentido más auténtico− debe implicar la totalidad de la persona. De manera que no consista en una vivencia superficial, sino en una experiencia profunda y transformadora. Es un encuentro de persona a persona, que no es indiferente.
Todos los bautizados estamos llamados a "recomenzar desde Cristo", a reconocer y seguir su Presencia con la misma realidad y novedad, el mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro con los primeros discípulos a las orillas del Jordán, hace 2000 años, y con los "Juan Diego" del Nuevo Mundo. Sólo gracias a ese encuentro y seguimiento, que se convierte en familiaridad y comunión, por desborde de gratitud y alegría, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y salimos a comunicar a todos la vida verdadera, la felicidad y esperanza que nos ha sido dado experimentar y gozar (DA 549).

En esta misma línea, nos recuerda Benedicto XVI que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (DA 12) .
La espiritualidad de discípulo misionero, deber crecer, fortalecerse e incrementarse, en la experiencia de Dios, bajo la guía y acción del Espíritu Santo, que conduce al discípulo a través de los senderos de una maduración profunda (cfr. DA 280b).
«La persona madura constantemente en el conocimiento, amor y seguimiento de Jesús maestro, profundiza en el misterio de su persona, de su ejemplo y de su doctrina» (DA 277c.). En esto consiste el discipulado. Este se logra, con la acción de la gracia de Dios, en la vivencia de la fe en comunidad, con la ayuda de la adecuada pedagogía espiritual, la catequesis permanente, el auxilio de la vida sacramental, la profundización en la Palabra y una auténtica vida de oración; «que fortalecen la conversión inicial y permiten que los discípulos misioneros puedan perseverar en la vida cristiana y en la misión en medio del mundo que los desafía» (DA 277c.).
En definitiva, la meta a la que debe tender la espiritualidad de todo discípulo misionero, que vive con alegría una nueva vida en Cristo, es su configuración con Cristo, el ser "otro Cristo", para poder decir como San Pablo: "ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí" (Gal 2,20). La identificación con Cristo, es también compartir su destino. Correr su misma suerte, incluso hasta la cruz (Mc 8,34) (cfr. DA 140).