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FRATERNA AMISTAD SACERDOTAL Y VIDA EN COMÚN

Tomado del Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros, 37-40.

gente reunidaFRATERNA AMISTAD SACERDOTAL

37. El profundo y eclesial sentido del presbiterio, no sólo no impide, sino que facilita las responsabilidades personales de cada presbítero en el cumplimiento del ministerio particular, que le es confiado por el Obispo [150]. La capacidad de cultivar y vivir maduras y profundas amistades sacerdotales se revela fuente de serenidad y de alegría en el ejercicio del ministerio; las amistades verdaderas son ayuda decisiva en las dificultades y, a la vez, ayuda preciosa para incrementar la caridad pastoral, que el presbítero debe ejercitar de modo particular con aquellos hermanos en el sacerdocio, que se encuentren necesitados de comprensión, ayuda y apoyo [151]. La fraternidad sacerdotal, expresión de la ley de la caridad, no se reduce a un simple sentimiento, sino que es para los presbíteros una memoria existencial de Cristo y un testimonio apostólico de comunión eclesial.

VIDA EN COMÚN

38. Una manifestación de esta comunión es también la vida en común, que la Iglesia ha favorecido desde siempre, [152] y que recientemente ha sido reavivada por los documentos del Concilio Ecuménico Vaticano II [153] y del Magisterio sucesivo, [154]y se lleva a la práctica positivamente en no pocas Diócesis. «La vida en común, por este motivo, expresa una ayuda que Cristo da a nuestra existencia, llamándonos, a través de la presencia de los hermanos, a una configuración cada vez más profunda a su persona. Vivir con otros significa aceptar la necesidad de la propia y continua conversión y sobre todo descubrir la belleza de este camino, la alegría de la humildad, de la penitencia, y también de la conversación, del perdón mutuo, de sostenerse mutuamente. Ecce quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum (Sal 133, 1)» [155].

Para afrontar uno de los problemas más importantes de la vida sacerdotal actual, a saber, la soledad del sacerdote, «nunca se recomendará suficientemente a los sacerdotes una cierta vida en común entre ellos, toda enderezada al ministerio propiamente espiritual; la práctica de encuentros frecuentes con fraternal intercambio de ideas, de consejos y de experiencias entre hermanos; el impulso a las asociaciones que favorecen la santidad sacerdotal» [156].

39. Entre las diversas formas posibles de vida en común (casa común, comunidad de mesa, etc.), se ha de dar el máximo valor a la participación comunitaria en la oración litúrgica [157]. Las diversas modalidades han de favorecerse de acuerdo con las posibilidades y conveniencias prácticas, sin remarcar necesariamente, aunque sean laudables, modelos propios de la vida religiosa. De modo particular hay que alabar aquellas asociaciones que favorecen la fraternidad sacerdotal, la santidad en el ejercicio del ministerio, la comunión con el Obispo y con toda la Iglesia [158].

Es de desear, teniendo en cuenta la importancia de que los sacerdotes vivan en los alrededores de donde habita la gente a la que sirven, que los párrocos estén disponibles para favorecer la vida en común en la casa parroquial con sus vicarios [159], estimándolos efectivamente como a sus cooperadores y partícipes de la solicitud pastoral; por su parte, para construir la comunión sacerdotal, los vicarios han de reconocer y respetar la autoridad del párroco [160]. En los casos en los cuales no haya más que un sacerdote en una parroquia, se aconseja vivamente la posibilidad de una vida en común con otros sacerdotes de parroquias limítrofes [161].

En numerosos lugares, la experiencia de esta vida en común ha sido muy positiva porque ha representado una verdadera ayuda para el sacerdote: se crea un ambiente de familia, se puede tener —una vez obtenido el permiso del Ordinario [162]— una capilla con el Santísimo Sacramento, se puede rezar juntos, etc. Además, como resulta de la experiencia y las enseñanzas de los santos, «nadie puede asumir la fuerza regeneradora de la vida en común sin la oración […] sin una vida sacramental vivida con fidelidad. Si no se entra en el diálogo eterno que el Hijo mantiene con el Padre en el Espíritu Santo, no es posible una auténtica vida en común. Es imprescindible estar con Jesús para poder estar con los demás» [163]. Son muchos los casos de sacerdotes que han encontrado en la adopción de oportunas formas de vida comunitaria una importante ayuda tanto para sus exigencias personales como para el ejercicio de su ministerio pastoral.

40. La vida en común es imagen de la apostólica vivendi forma de Jesús con sus apóstoles. Con el don del celibato sagrado para el Reino de los Cielos, el Señor nos ha hecho de modo especial miembros de su familia. En una sociedad fuertemente marcada por el individualismo, el sacerdote necesita una relación personal más profunda y un espacio vital caracterizado por la amistad fraterna en el cual pueda vivir como cristiano y sacerdote: «los momentos de oración y estudio en común, compartiendo las exigencias de la vida y del trabajo sacerdotal, son una parte necesaria de vuestra existencia» [164].

Así, en este ambiente de ayuda recíproca, el sacerdote encuentra el terreno adecuado para perseverar en la vocación de servicio a la Iglesia: «En compañía de Cristo y de los hermanos, cualquier sacerdote puede encontrar las energías necesarias para poder atender a los hombres, para hacerse cargo de las necesidades espirituales y materiales con las que se encuentra, para enseñar con palabras siempre nuevas, que vienen del amor, las verdades eternas de la fe de las que también tienen sed nuestros contemporáneos» [165].

En la oración sacerdotal de la última Cena, Jesús rezó por la unidad de sus discípulos: «Como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (Jn 17, 21). Toda comunión en la Iglesia «deriva de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» [166]. Los sacerdotes han de estar convencidos de que su comunión fraterna, especialmente en la vida en común, constituye un testimonio, según lo que nuestro Señor Jesucristo precisó en su oración al Padre: que los discípulos sean uno, para que el mundo «crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21) y sepa «que los has amado a ellos como me has amado a mí» (Jn 17, 23). «Jesús pide que la comunidad sacerdotal sea reflejo y participación de la comunión trinitaria: ¡qué ideal tan sublime!» [167].

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NOTAS

[150] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 12-14.

[151] Cfr. Ibid., 8.

[152]Cfr. S. Agustín, Sermones 355, 356, De vita et moribus clericorum: PL 39, 1568-1581.

[153] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 28; Decr. Presbyterorum Ordinis, 8; Decr. Christus Dominus, 30.

[154]Cfr. S. Congregación para los Obispos, Directorio Ecclesiae Imago (22 de febrero de 1973), 112: l.c., 1343-1344; Congregación para los Obispos, Directorio Apostolorum Successores para el ministerio pastoral de los Obispos (22 de febrero de 2004), LEV, Ciudad del Vaticano 2004, 211; C.I.C., can. 280; 245 § 2 y 550 § 1; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis, 81.

[155] Benedicto XVI, Audiencia privada a los sacerdotes de la Fraternidad san Carlos con ocasión del XXV de fundación (12 de febrero de 2011): “L’Osservatore Romano”, 13 de febrero de 2011, 8.

[156] Pablo VI, Carta enc. Sacerdotalis caelibatus (24 de junio de 1967), 80.

[157] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 26; 99; Institutio generalis Liturgiae Horarum, 25.

[158] Cfr. C.I.C., can. 278 § 2; Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Pastores dabo vobis, 31; 68; 81.

[159] Cfr. C.I.C., can. 550 § 2.

[160] Cfr. Ibid., can. 545 § 1.

[161] Cfr. Ibid., can. 533 § 1.

[162] Cfr. Ibid., can. 1226 y 1228.

[163] Benedicto XVI, Audiencia privada a los sacerdotes de la Fraternidad san Carlos con ocasión del XXV de fundación (12 de febrero de 2011): l.c., 8.

[164] Benedicto XVI, Homilía con ocasión de la celebración de las Vísperas (Fátima – 12 de mayo de 2010): “L’Osservatore Romano”, edición en lengua española, n. 20, 16 de mayo de 2010, 13.

[165] Benedicto XVI, Audiencia privada a los sacerdotes de la Fraternidad san Carlos con ocasión del XXV de fundación (12 de febrero de 2011): l.c., 8.

[166] S. Cipriano, De Oratione Domini, 23: PL 4, 553; Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 4.

[167] Juan Pablo II, Audiencia general (4 de agosto de 1993), 4: l.c., 3.

PARA IR A LO CONCRETO:

  1. 1.Qué experiencias de verdadera fraternidad sacerdotal hemos tenido? Qué nos han aportado para nuestra vida y ministerio?
  2. 2.Cuáles medios utilizar para mejorar nuestras amistades sacerdotales?
  3. 3.Qué pasos dar para lograr que nuestro grupo sacerdotal sea comunidad de vida y de ayuda sacerdotal?