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OBEDIENCIA EN LA LITURGIA, EN LA PASTORAL Y EN LA VIDA PERSONAL.

Respeto de las normas litúrgicas

59. Entre varios aspectos del problema, hoy mayormente relevantes, merece la pena que se ponga en evidencia el del amor y respeto convencido de las normas litúrgicas.

La liturgia es el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo[241], «la cumbre hacia la cual tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la que mana toda su fuerza»[242]. Ella constituye un ámbito en el que el sacerdote debe tener particular conciencia de ser ministro, es decir, siervo, y de deber obedecer fielmente a la Iglesia. «Regular la sagrada liturgia compete únicamente a la autoridad de la Iglesia, que reside en la Sede Apostólica y, según norma de derecho, en el Obispo»[243]. El sacerdote, por tanto, en tal materia no añadirá, quitará o cambiará nada por propia iniciativa[244].

Esto vale de modo especial para los sacramentos, que son por excelencia actos de Cristo y de la Iglesia, y que el sacerdote administra en la persona de Cristo Cabeza y en nombre de la Iglesia, para el bien de los fieles[245]. Estos tienen verdadero derecho a participar en las celebraciones litúrgicas tal como las quiere la Iglesia, y no según los gustos personales de cada ministro, ni tampoco según particularismos rituales no aprobados, expresiones de grupos, que tienden a cerrarse a la universalidad del Pueblo de Dios.

 

Unidad en los planes pastorales

60. Es necesario que los sacerdotes, en el ejercicio de su ministerio, no sólo participen responsablemente en la definición de los planes pastorales, que el Obispo —con la colaboración del Consejo Presbiteral[246]— determina, sino que además armonicen con estos las realizaciones prácticas en la propia comunidad.

La sabia creatividad, el espíritu de iniciativa propio de la madurez de los presbíteros, no sólo no se suprimirán, sino que se valorarán adecuadamente en beneficio de la fecundidad pastoral. Tomar caminos diversos en este campo puede significar, de hecho, el debilitamiento de la misma obra de evangelización.

Importancia y obligatoriedad del traje eclesiástico

61. En una sociedad secularizada y tendencialmente materialista, donde tienden a desaparecer incluso los signos externos de las realidades sagradas y sobrenaturales, se siente particularmente la necesidad de que el presbítero —hombre de Dios, dispensador de Sus misterios— sea reconocible a los ojos de la comunidad, también por el vestido que lleva, como signo inequívoco de su dedicación y de la identidad de quien desempeña un ministerio público[247]. El presbítero debe ser reconocible sobre todo, por su comportamiento, pero también por un modo de vestir, que ponga de manifiesto de modo inmediatamente perceptible por todo fiel, más aún, por todo hombre[248], su identidad y su presencia a Dios y a la Iglesia.

El hábito talar es el signo exterior de una realidad interior: «de hecho, el sacerdote ya no se pertenece a sí mismo, sino que, por el carácter sacramental recibido (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1563 y 1582), es “propiedad” de Dios. Este “ser de Otro” deben poder reconocerlo todos, gracias a un testimonio límpido. […] En el modo de pensar, de hablar, de juzgar los hechos del mundo, de servir y de amar, de relacionarse con las personas, incluso en el hábito, el sacerdote debe sacar fuerza profética de su pertenencia sacramental, de su ser profundo»[249].

Por esta razón, el sacerdote, como el diácono transeúnte, debe[250]:

a) llevar o el hábito talar o «un traje eclesiástico decoroso, según las normas establecidas por la Conferencia Episcopal y según las legitimas costumbres locales»[251]. El traje, cuando es distinto del talar, debe ser diverso de la manera de vestir de los laicos y conforme a la dignidad y sacralidad de su ministerio; la forma y el color deben ser establecidos por la Conferencia Episcopal, siempre en armonía con las disposiciones de derecho universal;

b) por su incoherencia con el espíritu de tal disciplina, las praxis contrarias no se pueden considerar legítimas costumbres[252] y deben ser removidas por la autoridad competente[253].

Exceptuando las situaciones del todo excepcionales, el no usar el traje eclesiástico por parte del clérigo puede manifestar un escaso sentido de la propia identidad de pastor, enteramente dedicado al servicio de la Iglesia[254].

Además, el hábito talar —también en la forma, el color y la dignidad— es especialmente oportuno, porque distingue claramente a los sacerdotes de los laicos y da a entender mejor el carácter sagrado de su ministerio, recordando al mismo presbítero que es siempre y en todo momento sacerdote, ordenado para servir, para enseñar, para guiar y para santificar las almas, principalmente mediante la celebración de los sacramentos y la predicación de la Palabra de Dios. Vestir el hábito clerical sirve asimismo como salvaguardia de la pobreza y la castidad.

 

NOTAS:

[241] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 7.

[242] Ibid., 10.

[243] C.I.C., can. 838.

[244] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sacrosanctum Concilium, 22.

[245] Cfr. C.I.C., can. 846 § 1.

[246]Cfr. S. Congregación para el Clero, Carta circular Omnes Christifideles (25 de enero de 1973), 9: EV 5, 1207-1208.

[247] Juan Pablo II, Carta al Card. Vicario de Roma (8 de septiembre de 1982).

[248]Cfr. Pablo VI, Alocuciones al clero (17 de febrero de 1969; 17 de febrero de 1972; 10 de febrero de 1978): AAS 61 (1969), 190; 64 (1972), 223; 70 (1978), 191; Juan Pablo II, Carta a los Sacerdotes con ocasión del Jueves Santo 1979 (8 de abril de 1979), 7: l.c., 403-405; Alocuciones al clero (9 de noviembre de 1978; 19 de abril de 1979): “L’Osservatore Romano”, edición en lengua española, 19 de noviembre de 1978, 2 y 11; “L’Osservatore Romano”, edición en lengua española, 29 de abril de 1979, 12.

[249] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en el Congreso Teológico organizado por la Congregación para el Clero (12 de marzo de 2010): l.c., 5.

[250] Cfr. Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, Chiarimenti circa il valore vincolante dell’art. 66 del Direttorio per il ministero e la vita dei presbiteri (22 de octubre de 1994): “Communicationes” 27 (1995), 192-194.

[251] C.I.C., can. 284.

[252] Cfr. Ibid., can. 24 § 2.

[253]Cfr. Pablo VI, Motu Proprio Ecclesiae Sanctae, I, 25 § 2: AAS 58 (1966), 770; S. Congregación para los Obispos, Carta circular a todos los representantes pontificios Per venire incontro (27 de enero de 1976): EV 5, 1162-1163; S. Congregación para la Educación Católica, Carta circular The document (6 de enero de 1980): “L’Osservatore Romano” supl., 12 de abril de 1980.

[254] Cfr. Pablo VI, Audiencia general (17 de septiembre de 1969): “L’Osservatore Romano”, edición en lengua española, n. 38, 21 de septiembre de 1969, 3; Alocución al clero (1 de marzo de 1973): “L’Osservatore Romano”, edición en lengua española, n. 11, 18 de marzo de 1973, 3.

PARA COMPARTIR CON OTROS HERMANOS SACERDOTES

  1. ¿Cómo integrar la obediencia del sacerdote a las normas eclesiales con la creatividad personal y de la comunidad?
  2. ¿Qué nos serviría para mejorar la comunión eclesial de cada uno con los planes y con la acción pastoral diocesana?
  3. Cómo podríamos ayudar a los que no aprecian ni obedecen las normas eclesiales?