HOY POR TI, MAÑANA POR MÍ

mayores2Los tenemos en todos los presbiterios. Son los sacerdotes de más de 46 años de ordenación. Unos siguen con fuerzas y comprometidos con su trabajo pastoral. Otros han tenido que entregar todos sus cargos pastorales y viven una situación de difícil transición. Otros están con enfermedades terminales o en el final de su vida. Son muchas las necesidades por cubrir en relación con todos ellos y la Iglesia desea atenderlos adecuadamente.

Podemos acompañarlos y ayudarlos en su proceso de maduración para que vivan la vejez como la etapa más bella de la vida, “cosechando” de lo que Dios y ellos han sembrado durante toda la vida; haciendo una “nueva siembra” con sus servicios; y dedicándose a vivir esta etapa del “gran amor” con Dios.

Ellos necesitan y nosotros para ayudarlos podemos: proporcionarles condiciones favorables de vida para que atiendan bien sus necesidades de salud, vivienda, alimentación y sostenimiento; promover la comunión y ayuda fraterna recíproca con ellos, lo cual los haga sentir valorados y útiles; acompañarlos para que sepan envejecer y afrontar el desgaste progresivo en su salud física y mental, las incomprensiones, la soledad y la tristeza; propiciar espacios que favorezcan el ejercicio adecuado de su ministerio pastoral.

Podemos ayudarlos a vivir mejor su espiritualidad de configurarse con la cruz de Cristo y de sentir el gozo de ir a participar de su resurrección. Y, aunque sea difícil, podemos ayudarlos a ganar libertad mediante su desapego de proyectos, personas, bienes, etc. Libertad para vivir con gozo en el servicio del Señor.

Algunos encuentran todos estos bienes en la casa que la diócesis organiza para ellos; otros prefieren pasar sus últimos años trabajando en alguna capellanía; otros prefieren estar en alguna parroquia, ayudando en lo que puedan; otros aprecian vivir con su familia. Pero todos necesitan y a todos hay que ayudarles.

Con una mirada de fe, reconocemos que ellos son triplemente hermanos nuestros, tienen una especial presencia de Dios y son parte importante del servicio que Dios nos encomienda. Podemos apoyar mejor a esos hermanos ancianos que son el tesoro de nuestro presbiterio.

Todos necesitamos aprender a envejecer y todos estamos llamados a ayudar con generosidad y alegría a nuestros hermanos sacerdotes ancianos. Hoy por ti, mañana por mí.

Visitemos a alguno de esos sacerdotes, compartámosle esta reflexión y fortalezcamos nuestra fraternidad con ellos.

Julio