UN REGALO DE DIOS PARA MÍ

fraternidad3Cada día nos encontramos con muchas personas. A algunas las vemos como destinatarias de nuestros servicios, a otras como beneficiarias de lo que hacemos, con otras pasamos indiferentes. Con esa mirada y actitud, de muy pocas recibimos aportes para nuestro propio crecimiento. Pero puede ser distinto, podemos recibir más aportes y de más personas.

En el camino de construir, o de fortalecer, la comunión fraterna, un paso decisivo es el de recibir al hermano como regalo de Dios. El hermano es enviado de Dios, o simplemente hermano, que me trae la presencia de Dios. Por eso, el Señor asegura: “Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá. Y todo aquél que dé de beber tan solo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, les aseguro que no perderá su recompensa” (Mt 10, 41 – 42).

Asumiendo a la otra persona como hermano, amado de Dios, doy el paso a reconocerlo y apreciarlo con todo lo positivo que tiene (carismas, valores, conocimientos, experiencias, bienes, etc.). Abro espacio a mi hermano. Me abro a recibir, apreciar, aprovechar bien, el regalo de Dios en mi hermano.

Así supero la tentación de orgullo, autosuficiencia, encerramiento y egoísmo. Siento necesidad de lo que Dios me da a través de los hermanos y me abro con gratitud a recibirlo y a aprovecharlo. No importa que humanamente me parezca una persona sin educación y sin méritos; ni siquiera desprecio a una persona que anda haciendo el mal y que está lejos de Dios. También a través de los pequeños y humildes recibo lo mucho que Dios me ofrece.

Jesús mismo nos ayuda, nos lava los pies, a través de otros hermanos. Necesitamos “dejarnos lavar los pies” de Jesús y del hermano (Cf Jn 13, 8 – 9).

Hoy, también, me encontraré con muchas personas. Las voy a reconocer y a recibir como “regalo de Dios” para mí. Mucho cambiará mi comunión con ellas y mucho recibiré de Dios a través de ellas. ¿Verdad?

Julio