LE PERTENEZCO Y ME PERTENECE

samaritano2El tercer paso, en la construcción o mejoramiento de la comunión fraterna es reconocer y apreciar que con esa otra persona somos de la misma familia, la Iglesia, familia de Dios (NMI, 43).

Los dos tenemos el mismo Padre, la misma vida, nos alimentamos de lo mismo: la Palabra y los sacramentos. Vamos por el mismo camino hacia la casa del Padre, cumplimos la misma ley del amor, tenemos similares derechos y deberes. Vivimos en la misma familia Iglesia. Ambos hemos participado, desde el bautismo, de la misma vida de Dios y de la Iglesia, que es nuestra gran familia. Somos hermanos.

A mi hermano le pertenezco porque soy su hermano. Él tiene derecho a esperar de mí que lo conozca, lo aprecie, lo respete, lo ame y lo sirva. Y mi hermano me pertenece, porque es mi hermano, quien me ha de conocer, apreciar, amar y servir. Entre hermanos hay vínculos de fraternidad que nos mueven a acercarnos al hermano, a vivir en comunión con él y a servirlo (Jn 13,14), a amarnos unos a otros (Jn 15,17). Compartimos la vida, la Palabra, el amor de Dios. Me reconozco llamado a amarlo como Dios nuestro Padre lo ama y me ama. Es “mi” hermano. Soy “su” hermano.

Es una fraternidad para vivirla con los de mi casa, con los compañeros de trabajo, con las personas a quienes sirvo, con los que Dios coloca en mi camino, con todos los hermanos. Me pertenecen y les pertenezco. ¿Verdad? Es diferente la relación con las personas cuando reconocemos que, por encima de todo y antes que todo, somos hermanos. Compartamos con otros dos hermanos sobre esta realidad y sobre cómo vivirlo con los demás.

Julio