REGALOS DE DIOS

ADEEn la familia de Lázaro, Marta y a María, en Betania, para Jesús valía mucho más el ser escuchado en su enseñanza, que el ser atendido con alimentos. Pero ambas cosas las apreciaba. Solo que exalta a María, por haber escogido la mejor parte (Cf. Lc 10, 38 – 42). En esa familia Jesús encontraba siempre el calor de la amistad, el plato de alimento y la escucha de discípulos. Jesús los quería mucho (Jn 11, 5).

Los seres más queridos, para Jesús, son los que escuchan su Palabra y la ponen en práctica. Ellos son su madre y sus hermanos (Cf. Mt 12, 49 – 50). Ser discípulos de Jesús nos hace ser los más queridos en su familia. Además, cuando somos de la familia de Jesús, por ser sus discípulos y enviados, somos “regalo de Dios” porque llevamos a Jesús y lo que Jesús nos da para compartir a los hermanos. Por eso, somos merecedores de recibir, aunque sea, un vaso de agua. Y quien nos lo dé, será recompensado (Cf. Mt 10, 42).

Unos para otros somos “regalo de Dios”: llevamos el don de Dios y lo recibimos. Y eso es real aún con personas que nos parecen ignorantes, o muy lejanas de Dios. Todos somos un “regalo de Dios” para los hermanos.

Como sacerdotes, ese “regalo de Dios” lo recibimos, primero que todo, en nuestra propia familia. De ella hemos de recibir afecto maduro, apoyo y todo lo demás que Dios quiera darme. He de ayudarla a que sea una familia Betania, que sea “regalo de Dios” para muchos sacerdotes y seminaristas. Otro regalo especial de Dios será el tener en la comunidad algunas “familias Betania”, en donde el sacerdote encuentre buenos discípulos de Jesús y en donde reciba el calor de la amistad y la colaboración fraterna a mi vida y a mi servicio. Además, de todos los hermanos de la comunidad habría de recibir el apoyo de la oración y la colaboración en las obras en favor de la comunidad.

En donde más recibo el “regalo de Dios” es en mi pequeña comunidad sacerdotal de vida y ayuda, compuesta por amigos y hermanos muy cercanos, de quienes recibo mucho de Dios y a quienes les comparto lo que Dios me da. También en la vicaría foránea, o arciprestazgo, tengo hermanos que son “regalo de Dios” para mí. Con ellos he de compartir lo que Dios me ha dado. Y es en el presbiterio diocesano en donde tengo mi familia de pastores, en donde tengo más hermanos “regalo de Dios” para compartir lo que Dios nos da.

Todo lo anterior me lleva a darme más y mejor como “regalo de Dios” a los hermanos; a abrirme a recibir el “regalo de Dios” en cada persona y aprovecharlo mejor; a mover a los hermanos para que donen afecto y apoyo integral a sus pastores y a sus demás hermanos; a promover a mi familia y a otras familias para que sean familia Betania, escuchando como discípulos y ofreciendo afecto y apoyo a sus pastores. Compartamos con otros hermanos esta reflexión ¡Hagámoslo!

Julio