CON LA PALABRA

bibliaCompartir la Palabra nos gusta y nos hace bien. Por eso, se están multiplicando los encuentros de sacerdotes que comparten la Palabra, sobre todo la del domingo siguiente. ¿Cuáles pasos hace Ud. para comprenderla y para aprovecharla bien?

Jesús habla de que el buen discípulo es el que escucha su Palabra y la pone en práctica, para hacer la voluntad del Padre (Cf. Mt 7, 21-28). Así se sigue a Jesús con su Palabra. La Iglesia, en la Verbum Domini 87, nos indica cinco pasos para un discipulado muy fructuoso con la Palabra: Escucharla, meditarla, orarla, vivirla y darla a otros.

Escuchar la palabra. Se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos (VD, 87). Conviene, entonces, abrirse con docilidad al Espíritu Santo. Preparase con fe y oración. Escuchar bien un trozo breve de la Palabra, varias veces, individualmente o en comunidad.

Meditar la Palabra. Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente. Buscamos comprender lo que Dios nos dice (VD, 87). Se trata de meditar la Palabra, ante todo, con la misma Palabra. Descubrir qué dice Dios en el texto y qué nos dice a nosotros hoy aquí. Siempre se nos recomienda ver el contexto. Analizar el texto: sus partes, su género literario, los personajes, sus acciones y sus expresiones. Discernir los mensajes que se dan en el texto y el mensaje central.

Orar la Palabra. Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia (VD, 87). Se trata de escuchar a Dios y hacernos escuchar de Él. Darle gracias a Dios por.... Adorarlo, alabarlo por... Pedir perdón por... Pedirle que nos ayude a poner en práctica esta Palabra. Ofrecerle algo…

Vivir la Palabra. La lectio divina sigue con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? (VD, 87). Se trata de ponerla en práctica en nuestra vida personal. Preciso algunos pasos que voy a dar para responder a Dios. Empiezo a darlos.

Dar la Palabra. Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad (VD, 87).

Se trata de dar a Jesús, dar la palabra de Jesús y darnos con Jesús. Me acerco a Jesús y recibo su fuerza. Reconozco que soy misionero de Jesús para llevar su Palabra, su amor y su vida. Doy testimonio a mi familia, y a otros hermanos de la experiencia vivida con la Palabra. Comparto lo que aprendí en esta Palabra y cómo fue mi experiencia de discipulado hoy.

Este discipulado con la Palabra es para hacerlo todos los días. Es para mejorar nuestra vida y nuestro ministerio. Con él, mejorarán mucho, también, nuestras homilías. Compartamos con otros hermanos este discipulado con la Palabra para configurarnos con Cristo Maestro y Pastor. Hagámoslo.

Julio