EL MOTOR PARA TODO

motorEn nuestros encuentros precedentes, hemos compartido sobre la pobreza, la obediencia y el celibato sacerdotales, con los cuales imitamos al Buen Pastor y servimos con buen fruto a la Iglesia. Ahora, compartimos sobre el motor que sirve para cumplir gozosamente esos compromisos y todas las demás exigencias de nuestra vida y ministerio.

La caridad pastoral es el amor que recibimos del Buen Pastor, mediante el sacramento del Orden (Cf. PDV 23). Así, es participación de la misma caridad pastoral de Jesucristo: don gratuito del Espíritu Santo.

Ella es principio interior y dinámico que llena del amor del Buen Pastor, anima y guía la vida espiritual del presbítero (Cf. PDV, 23). Es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y en su servicio. Da forma de pastor a la propia vida (Cf. DMVP, 54). El contenido esencial de la caridad pastoral es, entonces, la total donación de sí a la Iglesia.

La caridad pastoral, también, es fuente, medida, criterio, impulso del amor y del ministerio (Cf. PDV, 23). Ayuda a unificar las diversas actividades pastorales (Cf. DMVP, 54) y lleva a la unidad entre la vida interior y las actividades ministeriales (Cf. PDV, 23). Nos hace capaces de amar a la Iglesia universal y a aquella porción de Iglesia que le ha sido confiada, con toda la entrega de un esposo fiel hacia su esposa, la comunidad eclesial (Cf. PDV, 23).

La caridad pastoral pide que los presbíteros trabajen siempre en vínculo de comunión con los Obispos y con los otros hermanos en el sacerdocio» (PO, 8).

Por todo lo anterior, ella es deber y llamada a la respuesta libre y responsable del presbítero (Cf. PDV, 23).

La caridad pastoral es el motor para todo: para amar al Buen Pastor con todo el corazón; para vivir la comunión fraterna en el presbiterio diocesano; para dar toda nuestra vida, por Jesús y con su amor, en servicio de toda la Iglesia y de la comunidad que se nos ha confiado.

Un carro sin motor no se mueve. Un sacerdote que viva y trabaje como un asalariado, o funcionario (Cf. Jn 10, 5.12.13), no logra encontrar sentido, ni buen fruto a su vida y a su trabajo. No es solo cuestión de tener buena voluntad. Necesitamos una caridad pastoral, avivada y acrecentada, para ser felices cada día y tener mucho progreso personal y abundante fruto en nuestros servicios como pastores.

¿Cómo y con qué mantener y acrecentar esa caridad pastoral? Mañana y cada día, los medios principales están en el encuentro personal vivo y frecuente con Jesús en la oración, el discipulado con la Palabra, el ejercicio auténtico del ministerio pastoral. Y, de manera especial, la caridad pastoral del sacerdote no sólo fluye de la Eucaristía, sino que encuentra su más alta realización en su celebración, así como también recibe de ella la gracia y la responsabilidad de impregnar de manera «sacrificial» toda su existencia (Cf. PDV, 23).

Compartamos esta reflexión con otros hermanos, para que encendamos más en nosotros el motor de la caridad pastoral, vivamos mejor nuestra fraternidad y mejoremos nuestro ministerio. ¡Hagámoslo ¡

Julio