PARA RECIBIR MUCHO

recibir¿Has visitado recientemente hermanos sacerdotes ancianos? Es mucho lo que podemos recibir de ellos. Es, también, mucho, lo que podemos compartir con ellos. Habrás escuchado a algunos de ellos que lo que más necesitan es tener los recursos y la atención suficientes para sus necesidades básicas de salud, vivienda, alimentación, sostenimiento. Pero insisten en algo que para ellos es, todavía, más importante: necesitan sentirse valorados y poder ser útiles realizando servicios ministeriales. Además, aunque pocos lo dicen, en el fondo, necesitan aprender a afrontar el desgaste progresivo y la cercanía de su muerte; superar situaciones y sentimientos de inutilidad, incomprensiones, soledad, tristeza y marginación; continuar su proceso de maduración integral y de santificación personal.

Ante esas necesidades, concretamente, ¿qué podemos compartir con ellos? Movidos por la justicia y por la caridad fraterna, podemos ayudar a que se les proporcionen las adecuadas condiciones de bienestar integral para que satisfagan sus necesidades básicas. Desde luego, hay que empezar por promover la comunión y ayuda fraterna del presbiterio hacia ellos y de ellos hacia los hermanos del presbiterio; además, propiciar espacios en los que ellos ejerzan, en formas adecuadas, su ministerio pastoral. ¿Verdad?

Vd o yo, podríamos hacer algo más grandioso por ellos: acompañarlos y ayudarlos para que vivan bien esta época de su vida, sepan envejecer y se preparen bien para el encuentro definitivo y gozoso con Dios. Ofrecerles elementos que los ayuden a vivir este período de su vida como la edad más bella: como tiempo de “cosecha” de lo sembrado por Dios y de lo sembrado por ellos mismos; como tiempo de “nueva siembra”, para ofrecer servicios nuevos y de manera nueva; y como tiempo de “especial amor con Dios”, con una comunión creciente de amor y de vida con Él.

Podríamos ayudarlos a vivir su espiritualidad presbiteral propia, para que unan su cruz a la cruz de Jesús, por la salvación del mundo, y fortalezcan su esperanza de vida eterna. Ayudarlos a apreciar que se es sacerdote no solo para hacer, sino ante todo para ser, en comunión con Cristo Pastor. Acompañarlos a valorar la vida como don de Dios y a disponerse a entregarla toda en sus manos, para configurarse plenamente con Cristo que muere y resucita. A entregarse gozosamente a Cristo para vivir eternamente con Él.

Visitemos frecuentemente a esos hermanos para compartir todo lo anterior. Y recibiremos mucho de Dios a través de ellos.

Julio