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Un sacerdote nos decía que le costaba mucho reconocer y sentir que Dios lo amaba. Por ello, él tenía mucha dificultad para 

acercarse a Dios y a los hermanos. Nosotros estuvimos de acuerdo con él que uno sí necesita sentirse amado para poder amar a Dios y a los hermanos. ¿Qué opinas de ello?

El camino para lograrlo es comprender y sentir que Dios nos ha amado primero (Cf. I Jn), es el verdadero amigo que ha dado la vida por nosotros (Cf Jn 15, 13) y nos ama hasta el extremo (Cf Jn 13, 1). Es el Buen Pastor que conoce sus ovejas, siente amorosamente que son suyas, las conduce una por una a buenos pastos y da su vida por ellas para que tengan vida abundante (Cf. Jn 10, 1 -   16).

Sintiéndonos amados por Dios, daremos nuevos pasos para acercarnos a estar con Él (Cf. Mc 3, 14), a permanecer en su amor (Cf Jn 15, 14) y unirnos a Él. El amor de Dios nos moverá a escucharlo, a comprender y a obedecer su enseñanza, como buenos discípulos. Recibiendo el amor de Dios nos haremos cada día más amigos de Él y viviremos la íntima comunión de vida y amor que nos corresponde. Más unidos con Él se revitalizará nuestra vida sacerdotal y tendremos su ayuda para ser pastores santos y para tener mejores frutos en nuestros servicios ministeriales. Es el motor que necesitamos ¿Verdad?

Por ello, dedicaremos más tiempo y corazón a nuestro encuentro diario con Jesús y abriremos más nuestro corazón para llenarnos de su palabra y de su amor. Los hermanos en la comunidad nos verán cada día más como los “amigos de Dios”. ¡Hagámoslo!

Julio