Y ME VISITASTE…

visita¿Cuál es nuestra experiencia? Por una parte, recordamos con gratitud la visita del hermano, cuando estuvimos enfermos. Por otra parte, hemos recibido bendiciones por haber visitado a hermanos enfermos. Nos hemos dado cuenta de que para el sacerdote es muy difícil afrontar la enfermedad: con tanto trabajo que tengo …; yo que soy fuerte…; yo que aconsejo a los enfermos …; a mí que no quiero ser compadecido por otros … ; ¿Por qué a mí esta enfermedad y ahora?...

-Tenemos la experiencia del bien que nos hace el hermano que nos ayuda a vivir bien esa situación. En especial, el que nos ayuda a superar esa tensión inicial que nos inclina a no reconocer la enfermedad, a no aceptar afrontarla, a no pensar sino en el médico y en el efecto inmediato de las medicinas. Cuando ese hermano nos ayuda a recuperar la calma y a no vernos como un enfermo, sino como una persona normal y nos anima a afrontar con confianza todas la enfermedad.

Más todavía, reconocemos que es un regalo de Dios recibir un hermano que nos ayude a vivir la enfermedad como un “camino” en el cual damos pasos para acercarnos a Dios. La situación de debilidad puede llevarnos a la humildad y a una mayor confianza y amor a Dios. Puedo salir de la enfermedad no solo curado sino más amigo de Dios, más unido a Él.

-Además, hay hermanos que nos ayudan a comprender el sentido de la enfermedad y a aprovecharla como una “escuela” en la que podemos aprender de Dios a amar más y mejor. Así, podemos salir de la enfermedad con un corazón más sano y más lleno del amor de Dios, más agradecido y más dispuesto a la reconciliación, más dispuesto a compartir amor de Dios.

-Algo maravilloso, por otra parte, que nos da serenidad y paciencia para curarnos, es cuando vivimos la enfermedad como un “servicio”: uno mi cruz a la cruz de Jesús y ofrezco mi sufrimiento como oración por mi familia, por los hermanos sacerdotes, por mis hermanos de la comunidad, por los que hacen el mal, por las misiones, etc. Es sufrir amando. Así, siento que durante mi enfermedad no pierdo nada de mi dolor, ni de mi tiempo, ni de mis capacidades. Todo lo ofrezco como una ofrenda grata a Dios y que produce fruto, a veces más del que consigo con la agitación del corre corre de cada día.

-Con ese sentido, nos animamos a vivir mejor nuestras enfermedades y a compartir con hermanos sacerdotes enfermos. Vamos a encontrar y a servir a Jesús en ese hermano. Estuve enfermo y me visitaste (Cf. Mt 25, 36).

Julio