odenado2A veces, cuando el Obispo, o el Superior nos llama a conversar, en seguida, con temor, nos ponemos a pensar en el motivo de su llamada y a calcular qué me va a decir, qué me va a pedir. Si se trata de traslados, o de nuevos cargos, reacciono con mi sensibilidad herida, sobre todo, si siento que me están rebajando de categoría. Comienzo a calcular cómo voy a reaccionar. Calculo cómo poner resistencia, o a aceptar, si lo que me proponen me es más favorable, según mis intereses personales de comodidad, ingresos económicos y ventajas para la realización de mis proyectos. En algunas diócesis y Comunidades, ese temor lo siente, también, el Obispo y el Superior, porque calculan la resistencia con la que viene el sacerdote. No faltan otros compañeros que le echan leña al fuego y están listos a aconsejarme que no me deje cambiar, ni rebajar, que ponga resistencia y defienda los derechos a estar cada día mejor.

La experiencia de los Apóstoles fue la de escuchar de Jesús el “Sígame” y en seguida dejar las redes y seguirlo obedientemente. Su opción fue la de hacer lo que Jesús quería, para lo cual se fueron a compartir toda su vida y su misión.

Algo parecido nos ha ocurrido a cada uno de nosotros. El día de nuestra ordenación sacerdotal, ante Jesús, en la persona del Obispo, nosotros pusimos nuestras manos entre sus manos, prometiéndole obediencia a él y a sus sucesores. Con ese mismo gesto, el obispo se comprometió a acompañarnos paternalmente en nuestra vida y misión. Desde ese día, hemos asumido tener la disponibilidad total y gozosa para cumplir la voluntad de Dios, la cual se manifiesta, también, a través de los legítimos superiores, con una obediencia activa y de colaboración (Cf. PO, 15; PDV 27, CIC 274).

A muchos nos ha pasado que, ante una crisis por un traslado, el cual hemos obedecido un poco contra nuestra voluntad, solo después reconocemos que Dios tenía la razón, me convenía este cambio para recibir nuevas gracias suyas.

En el ministerio pastoral, entonces, todas las parroquias son buenas y la mejor parroquia no es la más cómoda, ni la más importante, ni la de mejores ingresos económicos. La mejor es la parroquia, o comunidad, a la que el Señor me lleve, en donde Él me espera para trabajar y servir juntos.

Acompañémonos y ayudémonos a vencer la soberbia y la desobediencia con una mayor humildad y con una obediencia activa y de colaboración. Ayudémonos a apreciar mejor la comunidad en la que Dios nos coloca como pastores y dispongámonos a “Ir con Él” a donde nos necesite. Cueste lo que cueste. Compartamos este mensaje con algún hermano que tenga dificultades en este campo.

¡ Hagámoslo ¡

Julio